sábado, 8 de mayo de 2010

Disimular

Hay épocas en las que parece que nada avanza, calma sin viento, y mientras, uno va buscando lo que sólo el azar o el destino, nos ponen delante, no cuando queremos, sino cuando menos lo esperamos, es la paradoja de que si buscas, no encuentras, qué difícil es disimular, engañar ese azar para que no se entere de que estamos anhelando algo, pero no hay quien se lo salte; lo deseado llega cuando llega y de la manera más inesperada.
Entre tanto vamos viviendo, uniendo secuencias, hasta que, al dejar de pensar en lo deseado, aparece.
El destino siempre está a la vuelta de la esquina, lo que nos toca saber, es en qué esquina está apostado, y la única manera que tenemos es andar y girar disimulando.

viernes, 7 de mayo de 2010

Verdades

"¿Cuánta verdad somos capaces de soportar?", quien dijo esto, murió loco. Y es cierto, no siempre se puede asimilar toda la verdad de golpe, normalmente, la vamos digeriendo poco a poco, las grandes verdades nos dejan como anestesiados, igual que al darnos un golpe y no sentir el dolor, pero saber que en segundos aparecerá, y las manos se dirigen a la zona para intentar amortiguarlo, masajeándola, en un intento inútil de que no acusemos el trompazo. Con la mente sucede igual, a grandes golpes de veracidad, nuestro subconsciente se acerca para suavizar, filtrar, confundir, negar, darnos un tiempo -doloroso-, para acusar esa nueva realidad.

No creo que nadie acepte sin pestañear una verdad ajena a la suya, que por fuerza, será sesgada, incompleta, propia. Qué difícil mantener un cara a cara con la realidad más allá de nosotros; esa verdad es la insoportable, la que nos enfrenta a la que habíamos amoldado a nuestro gusto.
La Verdad no existe; son parcelas de diferentes realidades. Pero ver cómo es la tuya desde otro lado, puede ser aterrador o no, depende de lo deformada que la hayas cultivado.

jueves, 6 de mayo de 2010

Relato: Aullido

No sabía lo que había sucedido ni dónde estaba ni siquiera si estaba. La cabeza le dolía, pero mucho menos que el cuerpo, amasijo inerte debajo de un montón de escombros. Intentó recordar. Imposible. Vagamente se veía ante un café con leche, alegre, esperando a su amigo; iban a ir al cine. Llegaba tarde como siempre, miró el reloj para cerciorase y entonces hubo ese ruido. Qué dolor, los tímpanos no podrían resistirlo. Miró alrededor, todo se ralentizó, iba a cámara lenta; la gente apenas se movía, los coches, las nubes, él mismo, y no se oía nada.
Algo más ocurrió. Sí. Otra explosión. Porque era eso, explosiones, bombas que estallaban. Esa segunda cayó aún más cerca. Cómo duelen las piernas. La cabeza. Aún no tengo la capacidad de oír, casi ni veo. Qué humo, nunca hubiese supuesto que la destrucción provocara tanta niebla, tantas partículas del caos, del horror. Las dos chicas que estaban hablando en la mesa de al lado tan a gusto, ahora tumbadas, rotas, cubiertas de ese polvo gris que las cubría. ¿Y yo? ¿Cómo estoy yo? Me gustaría levantarme, pero por alguna razón no puedo, mis piernas no me sostienen. Mis brazos les ayudan asiéndose a lo que queda de la mesa, pero no logro enderezarme.
“Tranquilo joven, estese quieto, enseguida viene la ambulancia”; “Sí, gracias, sólo ayúdeme a levantarme”; “No, déjelo, no haga ningún esfuerzo”; “Ayúdeme, por favor”. “No podemos hacer nada, no se mueva. Ahora le llevarán al hospital, se pondrá bien. No haga nada. No se toque”.
Pero no hizo caso, en un esfuerzo supremo se izó del suelo con la fuerza de los brazos. Su mirada no se me olvidará jamás, la expresión que puso cuando comprendió porque no se mantenía en pie, cuando sintió que más debajo de la cintura estaba vacío. Abrió la boca, pero no salió grito alguno. La onda expansiva nos había ensordecido a todos. Aún así, nunca he dejado de escuchar su aullido.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Maldad casera

La maldad existe, y la peor maldad es la que viene de la estupidez. No hay combinación más peligrosa que esa. Es una agrupación que se da mucho más de lo aconsejable. No sólo los genocidas, asesinos, y demás colectivos son dañinos, ellos arman más revuelo, pero no tienen la exclusiva del mal, ni de la estupidez.
Hay casos terribles, desconocidos, pero igual de letales.
Esas personas que impiden vivir libremente a los que les rodean, que chantajean emocionalmente a los de su alrededor para conseguir cosas triviales -recordemos que hablamos de la maldad y la estupidez-, y que anulan a quienes dominan, esa gente contamina vidas, ilusiones, sueños, parejas, hijos. Todo.
He sabido de una madre que al ver que el hijo empezaba a no hacerle caso, a independizarse de su yugo, tuvo la estúpida maldad de suicidarse en un día clave para la vida del hijo e hizo todo lo posible para que la descubriera él; buscaba la culpabilidad extrema Y lo logró, el hijo no fue persona en su vida.

"El infierno son los otros", a veces, es muy cierto.




martes, 4 de mayo de 2010

Problemas amigos

"La gente feliz no tiene historia", frase dicha por Simone de Beauvoir. Y tiene razón. Quizá porque al ser feliz ya no se necesite de más -que todo no se puede tener-, así los que no llevan una vida afortunada, tienen historias que contar.

Nos gusta que nos cuenten de los demás, nos interesa saber qué pasó con ese, cómo se metió en aquello, con quién se vio o se dejó de ver..., nos apasiona todo lo que se salga de la norma, de la media. Nos atraen las historias. Nadie se pasa más de cinco minutos atento a la vida tranquila y suave de nadie -a menos que se le vean nubarrones cerca-. Nos gusta en conflicto, el ver qué sucederá, ponernos a un lado o a otro de la contienda, mostrar nuestras simpatías o antipatías, anticipar soluciones. Ese intercambio de argumentos no lo da una vida feliz, por lo tanto previsible.

La frase tiene la misma validez para la ficción; las historias más leídas, vistas, comentadas, son las conflictivas, las que nos enganchan al libro o la butaca desde la primera hoja, el primer fotograma. Y luego qué placer comentarlas, confrontarlas, desmenuzarlas entre todos, empujar a que se vean, lean.
No hay historia universal sin problemas, ya que, qué habría que contarse sin ellos.


lunes, 3 de mayo de 2010

Piezas

"El tiempo dirá". Cuántas veces se dice y se escucha esa frase, muchas. Y es que es verdad que parece que el tiempo dé sentido a lo fragmentario, a lo inconexo. "Ya verás como con el tiempo todo se arregla", otra que tal, y claro, una vez a toro pasado, es fácil juntar las piezas, incluso darles sentido.
Cualquier mosaico se ve mejor desde la distancia, cómo no iba a comprenderse así la propia vida, hecha de trocitos de vivencias, de momentos cruciales, de elecciones al vacío -ya que nunca se sabe bien hacia dónde nos llevarán, no se nos da la opción de volver atrás-.
Me pregunto si ese sentido que da el tiempo, no será una falacia, uno de los ardides de nuestra mente humana, que todo lo quiere cerrar, para darnos un sentido a las acciones inconexas que hemos realizado, puede que unamos significados forzosos; sólo disponemos de los hechos vividos, el resto es pasto de la especulación, imaginación, sueños.
Qué fácil ver dónde se había de ir, qué se necesitaba hacer, a quienes hacer caso o no.
Desde la lejanía, física o espacial, las piezas se ajustan, siempre, como los dibujos que creemos ver en esas nubes que nunca los trazaron.
Vemos el sentido de unos fragmentos inamovibles formando una línea vital coherente, porque es muy sencillo: ya está hecho.
Ahora enfréntate al día a día, esas piezas aún sin situar en el mosaico, y dale sentido. Eso sí es mérito.

domingo, 2 de mayo de 2010

Dobles

Creo que todos hemos pensado alguna vez lo útil que sería tener un doble que nos hiciera el trabajo sucio. Así, en vez de ir a la oficina, podríamos quedarnos en casa, o dar una vuelta; qué hay que pasar por una situación desagradable, pues se coge el doble y uno tan tranquilo.
Sí, sería práctico y más de una vez lo usaríamos, de hecho, habríamos de tener más de uno para cubrir varios frentes a un tiempo.
Y aún así no estaríamos satisfechos del todo, puede que echáramos de menos uno para que se aburriera por nosotros.
La raíz del asunto, no está en hacer esas tareas, sino realizarlas cuando no nos viene bien. Lo pesado de trabajar no es el hecho en sí; es tener que anteponerlo, es la obligación diaria de repetirlo, con ligeras variaciones, queramos o no. Ah, los dobles, suspiramos camino de lo que no haríamos.
Esto se debe a que nuestra vida es secuencial; no se puede saltar de un momento a otro, se ha de vivir, segundo a segundo, cada plano de nuestra realidad: no es posible adelantar secuencias, ni saltárselas.
La vida es exhaustiva, algorítmica y concatenada. Ningún doble nos liberaría de recorrer cada minuto que respiramos.