sábado, 16 de febrero de 2013

Retos

Poca gente se resiste a no abrir una caja cerrada, si está abierta le da menos importancia. La que llama la atención es la oculta. Y si cuesta abrirla, más aún. Cuando más complicado sea conseguir su contenido, más nos empeñaremos en lograrlo.
Si esa caja tuviese uno de esos candados chinos sin entrada para llave, un puzzle perfecto, ideado por esa sutiliza oriental a prueba de la escasa paciencia occidental, ya sería una cuestión vital lograrlo. Aunque nos pasemos días mirando el cerrojo inescrutable, no dejaremos la caja cerrada. Ver su interior se convertirá en una meta, pensaremos, cuando estemos alejados del reto, en cómo hacerlo y nada más llegar, lo pondremos en práctica; si no funciona, nos llevaremos nuestra frustración para convertirla en nuevas energías. Cuando más nos cueste, más empeño pondremos.
Y si no cejamos, si no es demasiado para nosotros, al final, abriremos la caja. Y miraremos dentro.
Haya lo que haya, incluido nada, jamás encontraremos un tesoro mejor porque dentro está nuestro éxito.

jueves, 14 de febrero de 2013

Gracias por leerlas

Las palabras, esos seres diminutos que vienen a contar cosas, explicar destinos, marear emociones, imaginar mundos, atrapar momentos. Esos símbolos extraños que nos liberan de lo inmediato, nos acercan lo infinito, y nos garantizan los sueños.
Ellas son el puente entre nosotros y lo que pensamos, decimos, entendemos. Lo que damos, recibimos, creamos. Nos hace humanos alejándonos del presente inmediato, llevándonos hasta el futuro más lejano que podamos imaginar.
Sin ellas no seríamos nada, no podríamos serlo.
A mí me dan el poco sentido que sé sacar a esto de estar vivo, me aferro a ellas y procuro crear cuantas más mejor porque así la vida se entiende, sino mejor, sí algo.
Gracias a todos vosotros por leerlas.

martes, 12 de febrero de 2013

Prisión

Siempre he pensado que el tiempo es una cárcel y que los primeros barrotes se colocan cuando empiezas a aprender a medirlo.
De niños da igual hoy que ayer que mañana, y más aún el mes pasado o el año que viene; se vive al instante, con todo lo de hermoso y terrible que tiene, ya que se vive de manera absoluta, es lo que hay aquí y ahora; aún no hay recuerdos o si existen son difusos y vagos.
Con el lenguaje comienza a forjarse la jaula, pero todavía queda el concepto tiempo, la experiencia de anticipar, de recuperar, de soñar.
Pero llega y con ella, se cierra la puerta. Ya está, estamos dentro del paso inexorable del segundo a segundo, sin poder saltarnos ni uno, quizá, el sueño, la necesidad de que esas gotas de tiempo se aceleren, sea una liberación vital del goteo diario, un descanso de la rutina carcelaria temporal.
Pero dentro de esa prisión, la que nos separa de lo deseado con lo real, estamos libres para movernos, para romper rutinas si es necesario, o para crearlas, para vivir en el tiempo, acortando el espacio que media entre nuestros sueños y sus metas.

domingo, 10 de febrero de 2013

Movimientos

No me importa pasar horas y horas en trenes, autobuses, coches, aviones viendo pasar el paisaje al ritmo de los pensamientos, es más, me gusta. Pero si se paran, no. Cada parada, ya sea por un atasco, semáforo, estación, me rompe el hilo de mis ideas, me las deja cojas, en espera. Es irritante. El movimiento las empuja, fluyen.
Ir de un sitio a otro es un momento irreal, no estás en ninguno punto; ni el de inicio ni el de término, vives en un puente entre ellos, la actividad cesó en el primero y no se puede comenzar aún en el segundo. No hay. La espera, el tiempo que se tarda en recorrer ese espacio es de uno. Es como un regalo. Unas horas únicas.
Sé de gente que las aborrece, se aburre, se cansa, va lleno de crucigramas o libros o música. Pero a mí me gusta llenarlas de ideas sin metas, de pensamientos libres porque no tienen razones prácticas de ser: solo son.
Por eso cuando se para el vehículo, los matan, los despiertan, los vuelven a la realidad de un tiempo ya medido. Y dentro de esos metrónomos los sueños dejan de volar.

viernes, 8 de febrero de 2013

Escombros

Hay veces que un edificio en ruinas, o en esa fase de demolición en la que todavía no es puro escombro, queda como partido, mostrando impúdicamente lo que las paredes ahora inexistentes guardaban; las distintas habitaciones con sus papeles pintados, algún cuadro, muebles que no se quisieron llevar o no pudieron, porque les pilló desprevenidos su hundimiento, sanitarios, objetos que de lejos nos recuerdan a los que tenemos en casa: lámparas, muñecos, alfombras. Sobrecoge.
Es el cuerpo agonizante de lo que todavía no está muerto, del que estuvo vivo. Es desolador, incluso inquietante, ver abiertamente aquello que la gente que habitaba en ese espacio, ahora roto, utilizaba y quería. Intimida un poco, como si estuviéramos espiando algo indebido, mirar esos espacios descarnados que los acogía. Era el hogar, el refugio del mundo de unos propietarios que forzosamente han tenido que abandonarlo. Habitaciones que nunca habríamos visto y ahora se muestran desnudas, impúdicas pero a la vez, turbadas, incompletas, asustadas, abandonadas a su suerte sin acaban de entender qué ha sucedido.
Una de las imágenes más impactantes tras una catástrofe, un bombardeo, es la de esos edificios abiertos, destrozados, imposibles de habitar pero todavía llenos de lo cotidiano, igual que una casa de muñecas a la que se puede ver con un simple movimiento de sus paredes, pero siniestra.

Contemplar las ruinas de algo que en su día nos acogió, siempre duele.

martes, 5 de febrero de 2013

Segundos

Lo más complicado en esto de crecer, es comprender que las cosas cambian y que nuestra mente no lo acepta muy bien. 
La mente es por sistema, conservadora, tiende a repetir, a acomodarse, a querer lo que ya quiso. Es biológicamente adaptativo. Pero nuestro entorno, nosotros, no cesamos de movernos, de dejar de ser ríos estáticos y la lucha permanente entre la necesidad de habituación y la novedad es lo que somos, es decir, tal como nos adaptamos, reflexionamos y aceptamos ese continuo cambio, es lo que somos.
Es difícil, a veces, hasta nos parece imposible, que lo tuvimos, ya no esté, que a quienes quisimos se hayan ido, apartado, que donde nos movimos, no sea lo mismo. 
La mente se aferra a todo, y hemos de luchar contra esa comodidad en la que vive y se maneja mejor.
Las circunstancias adversas nos empujan a cada momento y nosotros a ellas. Hemos de conseguir adaptarnos a todos y cada uno de los segundos como si fueran independientes, como si no fueran el todo en el que los convertimos; como si fueran únicos. Incluso los últimos. Así sí se apreciarían.

domingo, 3 de febrero de 2013

Esperar

Esta mañana he oído de un buen amigo, "ya qué importa nada, me da igual todo", y es que a veces, es cierto, da igual todo. La sensación de no ser dueño de tus movimientos es cansina y puede llevar a ese n¡hilismo atroz.
Y no hay fórmula mágica ante ese desánimo, cuando uno está así, solo quiere que ese todo pase, sentirse de nuevo uno mismo, aunque esa apatía también es legítima. No es fácil levantarse cada día y enfrentarse a un vacío, un agujero que absorbe las energías y un darse contra la pared diario.
Está en esto de respirar.
Solo se puede esperar, apretar los puños y procurar mirar alrededor. No todo es negro ni blanco ni gris. Ni de colores.