lunes, 30 de noviembre de 2009

Mentiras

Las mentiras.
No sólo vivimos con ellas, sino entre ellas y de ellas. Es una especie de entramado social casi necesario para sobrevivir a las verdades imposibles de aceptar, asimilar, o simplemente decir. No se suele aceptar casi ninguna. La sociedad ayuda a limarlas, a solaparlas.

La primera vez que un niño se topa con la mentira, con alguien que le ha engañado, le escuece hasta las lágrimas, hasta el desgarro de la inocencia.
La sociedad está basada en ellas, tapamos verdades de todo tipo y condición; desde no comentar lo mal que le queda a uno un vestido o peinado, hasta secretos oscuros y peligrosos.

Esa verdad nos la ocultamos a nosotros mismos, por amenazante, porque podría desmontar el precario equilibrio de esa red trenzada por conveniencias, mentiras y verdades a medias; hasta que nos estalla por dentro, despreciando el statu quo social, y enfrentándonos a nuestra propia conciencia, la que teníamos de niños antes de mirar cara a cara a la falsedad. Si nos supera, entramos en la neurosis, pero si la superamos, crecemos más allá de lo social, dejamos sus mentiras para obtener nuestras verdades. Tan duras siempre. Tan necesarias.

Nada hay más aterrador, nada más difícil de asimilar, que encontrarte con la verdad desnuda, sin lazos ni adornos sociales, tal cual es. No estamos preparados para ella. Y superarla nos lleva tiempo. Mucho.

Toda sociedad está basada en el engaño, lo que trasciende al público, nunca es lo real. Lo que se quedan los que manejan los hilos, tampoco. Es más profundo que todo eso; es la incapacidad de comunicar abiertamente lo que sentimos, lo que somos, lo que anhelamos. Sólo los locos y los niños muy pequeños, aquellos que no se han enfrentado a la primera mentira, son los únicos que se atreven a desafiar las normas secretas establecidas. Luego, los segundos, se irán socializando, se les irá introduciendo en el sutil mundo de los engaños, entramados sociales turbios y sinceridades interesadas.

Antiguamente, en algunas civilizaciones, eran a los orates a quienes se les confiaban sus oráculos; sabían que por ellos, ajenos a la norma común, se decía lo que se pensaba.
Así se veía mejor el futuro, viendo cara a cara el presente desnudo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Fantasmas

¿Existen los fantasmas? Los incorpóreos, digo, los otros sin duda alguna.
Los seres más allá de lo tangible, ya sean mitológicos, monstruos, extraterrestres, malignos o benignos, nos han acompañado durante toda nuestra humanidad. La búsqueda de dioses incluida. Es como si nuestra propia compañía se nos quedara corta; necesitamos brujas, hadas, gnomos, trasgos, sirenas, centauros, pegasos, seres imposibles que nos abran las puertas de la imaginación, que trasgredan, por nosotros, las rígidas fronteras de lo posible, que se burlen de la física, lo normal y lo común.

Desde Grecia ya se les permitía a esos dioses, más humanos en sus defectos que en sus virtudes, vivir una vida sin cortapisas, y definir las de sus creadores. Uno se pregunta quién hizo a quién a su semejanza.

Los seres fantásticos, tanto los que nos asustan como los que nos acompañan y ayudan, a pesar de cambiar de apariencia según las culturas o las épocas, se mantienen igual en el fondo: son seres que llegan a donde no llegamos, saben lo que apenas intuimos y nos dan esperanza. La esperanza de que lo mortal no es lo único posible.

Los fantasmas nos muestran el otro lado, las meigas preparan las pócimas que allanarán caminos, las hadas nos protegen, los monstruos nos dan poder sobre la muerte al vencerlos, ya que no hemos creado a ninguno invulnerable; para eso está el ajo, el sol, las estacas, las balas de plata, la tierra sagrada, el agua bendita. No somos tan tontos, si ideamos un Mal buscamos la forma de neutralizarlo, de encontrarnos poderosos con nuestros pobres recursos, como los niños al jugar en algo peligroso que siempre tienen establecido un punto seguro, uno en el que eres invulnerable.

Necesitamos saber que no sólo estamos acompañados más allá de lo terrenal, sino que somos más libres que lo dispuesto por las circunstancias que nos acotan. Para eso existen los fantasmas; nos muestran esa dimensión necesaria para proyectarnos fuera de nuestro miedo básico: No sobrevivirnos.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El mundo de Morfeo

A veces, he hablado de los sueños como anhelos, ilusiones, esperanzas, pero hoy quisiera referirme a ellos como lo que vemos y sentimos mientras nuestra mente duerme.

Dejando a un lado a Freud y su interpretación de los sueños -que eso sólo daría para mil fragmentos-, sin meterme en las especulaciones científicas de si son impulsos eléctricos o asimilaciones necesarias para que el cerebro se desconecte y no estalle, sin ni siquiera nombrar que hasta los animales sueñan, o meterme en la polémica de en si son o no adaptativos, obviando el tema de sus fases; ondas alfa, beta, theta y REM, y sin extenderme en sus causas. Sólo hablar de ellos.

Hay personas que no los recuerdan, otros que sueñan sólo en blanco y negro, otros en color, los hay tan vívidos que a veces, te paras a recordar algo soñado y lo mezclas con recuerdos reales. Esas experiencias nocturnas, esa doble vida íntima y reconocible en otros.
Por ejemplo, la sensación de volar, o la de no poder escapar o correr, la de visitar lugares conocidos en los sueños de antes, como visitar una casa en la que ya estuviste en uno anterior, o reconocer a personas amigas de otras noches. Un universo con dimensiones acotadas y reconocibles. Un paseo por mundos familiares.

Una de las cosas que más me encantan de los sueños, es lo bien que te manejas en ellos -si no es una pesadilla, vamos-, me explico; ante una situación que durante la vigilia sería imposible de superar, en este terreno onírico, todo se puede. Si te preguntan algo que no sabes, dices cualquier cosa, sabiendo que no es la correcta, pero con la plena seguridad de que va a colar. Si has de hacer algo que no tienes ni idea, no te amilanas, lo haces, independientemente de que quede bien o mal. Puedes volar si te van a coger, cerrar los ojos y que no te vean, desaparecer o aparecer a placer..., eres libre y las férreas normas físicas del mundo real, aquí no rigen.
Qué liberación saber que estás soñando, que eres invulnerable, omnipotente y omnisciente; tu propio dios, tu mismo adorador.

¿Será por eso que son necesarios los sueños?

jueves, 26 de noviembre de 2009

Desea con cuidado.

Se dice que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede llegar a cumplirse. De niña esa frase siempre me inquietó; si se anhela algo, es precisamente para que se cumpla, pensaba yo. Y ahora, entiendo algo mejor lo que quería decir semejante contrasentido.
Es verdad, a veces, que el sueño realizado, no es lo que se pensaba; la realidad siempre es bien diferente a lo ideal, en la imaginación, pocas veces, se ven los inconvenientes de lo largamente acariciado. Y los tiene.

Aún así, sigo prefiriendo soñar y luchar por alcanzarlo, que no tener nada por lo que pelear. La motivación que da ese intento, la culminación de ese deseo es tan grande, tan arrolladora, que vale la pena arriesgarse a que su final no sea, en absoluto, el que se pensó tantas veces, de tantas maneras diferentes. La realidad ya se encarga de ir moldeando la idea pura, adecuándola a la vida real, y si sigue en pie, hay que ir a por ella.

Es verdad que cuando llega lo tantas veces acariciado, no es cómo se pensó ni viene en el momento correcto. Las circunstancias no son favorables, o los pasos ya van en otra dirección, o simplemente, ya es tarde para que lo podamos disfrutar como lo hubiéramos hecho cuando se comenzó a caminar en su búsqueda. Pero peor habría sido ni haber dado el primer paso.

A pesar de arriesgarse a encontrarse con ese sueño donde nunca se imaginó que podría estar, es bueno toparse, aunque sea de bruces, con él.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Todo cabe

Hay días en los que cabe de todo;como si cada hora fuera vivida en diferentes lugares: puedes andar entre calles deprimidas donde, para evitar que la gente salte, hay hincados sobre la parte alta de sus paredes cristales que sólo con mirarlos duele; sentarse en el césped verde y observar cómo los niños se divierten mientras los padres, vigilantes, se relajan -quizá los mismos críos que si no tuvieran cristales esos muros, los asaltarían, o los mismos padres que si vivieran más abajo, los pondrían-; asistes a un concierto en una capilla bizantina de clave, viola da gamba y voz de contralto que te retrotrae a ambas épocas, sentada en la tuya propia; te mezclas con personas vestidas con sus mejores galas y perfumadas hasta el mareo, que beben y prueban canapés de sabores encontrados; mezclas a veces afortunadas, otras, menos; tomas un café con amigas entrañables a la que cuentas tus planes, esos que nunca acaban de llegar y que cuando lo hacen, estás en otras cosas ya, y los disfrutas después.

Hay días en los que todo cabe, otros en los que parece que nada sucede, los más van pasando y uno recoge de ellos ese sabor a cotidiano que nos va marcando el ritmo, los menos son los excepcionales; el cúmulo final de un camino que se recorre en los días más humildes, los llenos de esfuerzo, pasitos y pequeñas alegrías, los más normales; de ahí salen los llamados grandes días, todo quimera sin esas horas de atrás. Pero a veces, cuesta tanto andarlas, aunque no hay otra manera de llegar a un sito que no sea con un pie detrás de otro, un día detrás de otro, una ilusión detrás de otra.

Gracias a todos los que me animáis, me leéis, me apoyáis. Los que hacéis que en un día quepa todo.

martes, 24 de noviembre de 2009

Así es

La autocrítica siempre es algo delicado, en general todas las críticas lo son, ya que por muchos argumentos que se tengan de base, siempre el tono es subjetivo, una parte irracional los controla, tendríamos que ser robots para no implicarnos. Y con la autocrítica es evidente que la subjetividad alcanza la parcialidad máxima.
No sólo carecemos del conocimiento ajeno de nosotros mismos, sino que criticarnos es de lo más irreal, a veces nos pasamos y otras no llegamos.

Cuántas veces hemos dado vueltas y vueltas sobre actuaciones que hemos creído totalmente erróneas, o como poco, inadecuadas con respecto a algo o a alguien, y al cabo de los días, no sólo era correcto sino que la gente te felicita. Y por supuesto, al contrario; estar encantados con nuestra actuación y toparse con el descontento general. Eso desconcierta a cualquiera.

Seguro que pocos hay que no se lleven a la cama, rumiaciones sobre el propio comportamiento, análisis pormenorizado de porqués y deberías, y pasarse rato sin conciliar el sueño, recriminando o ensalzando lo hecho ese día. Y casi siempre se llegan a callejones sin salida.

Hay aspectos en los que nos conocemos mejor y ahí sí que atinamos, pero suelen ser donde más veces metemos la pata, quizá por eso los entendemos mejor, la familiaridad ayuda. Y cada vez que alguien externo a nuestro caos, nos lo hace ver, nos desconcertamos por haber caído, otra vez, en lo mismo; "Pero si fui con cuidado, cómo puede ser que volviera a hacer lo de siempre", esa incapacidad de evitar los errores que más odiamos, es irritante hasta el punto de enfadarnos con nosotros mismos durante días.
Pero hemos de seguir viviendo con nuestras equivocaciones y en nuestro pellejo, hay que perdonarse, sí, de nuevo, y darnos unas palmaditas en el hombro, "Ale, ya pasó, metiste la pata otra vez, a ver si a la próxima... ", y así quedamos. Hasta la próxima.


domingo, 22 de noviembre de 2009

Fata Morgana

Los grandes espejismos.
Los hay individuales y colectivos. Visuales y vitales. Los primeros necesitan de condiciones climatológicas concretas y apropiadas para materializarse, como los oasis que flotan sobre el desierto, bajo una sed y un calor extremos; refugios que la mente crea porque el cuerpo los necesita.
También están los que surgen al otear el horizonte, normalmente desde el mar, y se deben a una inversión de las temperaturas. Donde no hay nada, se contemplan castillos, acantilados, islas, ciudades enteras, son las fatas morganas, hermoso nombre.

Los espejismos colectivos suelen darse cuando muchos, a la vez, llegan a proclamar por sugestión, que son testigos de lo que no existe, añadiendo detalles entre todos para ayudar a creérselo.
Mientras sean ilusiones ópticas, todo va bien, es una experiencia inquietante, cierto, pero bella. Un arco iris mismo, un halo luminoso rodeando la luna, una figura que no está donde se vio. Todos hemos experimentando un tipo u otro de engaño visual.

Lo peor de los espejismos es cuando dejan de ser una imagen, más o menos onírica, más o menos etérea, y pasan a ser una actitud vital, es decir, cuando lo que vemos no es lo que hay, sino una realidad basada en luz, humedad, contrastes y aire. Se pueden crear entre dos y vivir bajo ese hechizo tan a gusto incluso, hasta que un cambio vital venga a romper la pompa de jabón que con tanto cuidado han ido manteniendo, yéndose todo al traste.

Si el espejismo es sólo de uno, es más difícil de derrumbar, ya que no hay nadie más tenaz en el arte del engaño que el que lo creó, pero aún así, finalmente estallará.

Los espejismos colectivos son más serios, ya que pueden pasar de ilusión a convicción, y ya en ella, lo que se mire, puede estar tan distorsionado, puede modificar tanto el comportamiento individual, que se diluya entre la totalidad de las acciones.
Si lo que se cree es positivo, todo va bien, al menos, hasta que se deshaga la ilusión, pero si lo colectivamente aceptado es una aberración, el mundo puede llegar a temblar, como sabemos que lo hizo, que lo hace, que lo hará.
Romper ese espejismo es más costoso, pero una vez en el suelo, nadie nunca dirá que vio esa fata morgana, esa vida ideal, esa ideología equivocada. Nadie. Sólo eran espejismos.