sábado, 18 de septiembre de 2010

Aterrador

Los extremos de la vida lo son tanto, que es casi imposible entenderlos sin haberlos vivido.
Experimentar hambre, dolor, abandono, injusticia, desolación, extenuación, es algo que ni remotamente sabemos qué es. Lo que llamamos así, no lo es, en absoluto.
Cierto que lo que siente cada uno, es único, y que si a alguien le duele un dedo, ese dolor le será más terrible que el que tenga un recién operado, por ejemplo. No es egoísmo, es así; un corte en el dedo propio, duele más que una cicatriz ajena.
Los testimonios directos de quienes vivieron o viven en condiciones inhumanas son atroces. Uno, en concreto, me pareció terrible por lo directo y sencillo.
La supervivencia se lleva a cabo por segundos, minutos a lo sumo. No miran más allá, no pueden. No lo resistirían. Miran lo de su alrededor sin verlo, sin sentir; es un lujo que no se permiten si quieren durar ese segundo más.
Pero el dato que me sobrecogió es el de la certeza, que tenía el resto, cuando uno dejaba de querer vivir: estaban seguros si lo veían fumar un cigarrillo. Sólo eso.
Y no fallaban, en menos de un día, el fumador moría; ¿quién sino uno sin esperanzas consumía él mismo en cenizas, la moneda de cambio más valiosa? Alguien que ya le daba todo igual y que, al menos, se daba el lujo de convertir en un humo sus últimos minutos.
Aterrador.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Libros nuevos

Siempre es maravilloso asistir a la presentación de un nuevo libro. Y si es de un amigo, más aún. Hoy mi amiga ha celebrado que sus palabras están impresas, y nosotros, que podemos leerlas.
Lo más emocionante ha sido la sinceridad con la que ha expuesto el motivo de su libro; unas reflexiones a las que todos podemos asomarnos y reescribirlas desde sus versos.
La tarde ha sido luminosa a pesar de la lluvia, las conversaciones entre libros y para libros, tranquilas, la compañía agradable y el café bueno como pocas veces.
Poemas encerrados que hoy comienzan a volar porque ya tienen alas; versos, que desde hoy, están ya en nuestras manos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Otoño

Se van acortando los días, aún hace calor, pero la brisa ya es fresca, ese escalofrío de septiembre que anuncia el otoño empieza a recorrernos. Las clases han comenzado, los niños ya sólo corren por las tardes, las mañanas se las pasan entre pupitres, lápices, tizas y colores. Se preparan para ser, aprendiendo.
Los tonos todavía no son ocres, pero pronto, el ambiente cambia, el olor es otro, uno que impregna nostalgia, que incita a soñar despierto, a dormir con los ojos abiertos.
El vestíbulo del invierno. Siempre me ha gustado atravesarlo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Nada

Lo que no sabemos supera tanto a lo que creemos saber, que nadie debería dar por sentado nada.
No tenemos ni idea del mundo, del universo que lo contiene, del infinito donde se mueve, todo son teorías que se van aproximando, o alejando, dependiendo de nuevos descubrimientos, de mejores mentes que lo enfoquen, de logros tecnológicos, que dejan como juguetes ridículos, a sus predecesores; objetos, ideas infantiles, que vistas desde un ahora siempre cambiante, y que fueron base de pensadores, artistas, sociedades y culturas, nos muestran que las ideas que ahora nos sostienen, serán pueriles cuando las desbanquen las que aún no han llegado.
Cierto que la ciencia se basa en eso mismo; en que es válida hasta que se demuestre lo contrario. El paradigma es cierto: nada es para siempre. Y aún así, mira que le cuesta a la sociedad asimilar esas nuevas ideas, cada vez que luchan por imponerse.
Y para no conocer, no hace falta poner los ojos en las estrellas, o la gravedad, o un hormiga, con mirarnos a nosotros mismos, ya tenemos bastante campo desconocido: ni sabemos quienes somos, ni a dónde vamos, ni cómo llegamos. Y menos abstracto; ¿quién se conoce, quién puede describir su propio destino, sus circunstancias, su día a día...? Nadie puede.
No sabemos nada, y aún así, jugamos a saberlo todo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Edad

Es triste, mucho, constatar el deterioro físico y mental de las personas que queremos. En realidad de todas. Ver cómo se pierden en sus propias confusiones, manías, debilidades, torpezas; ser testigos de que cada día son menos ellos mismos y más sus propios defectos, ese volver a la infancia, pero no por no saber vivir aún, sino porque, cansados de hacerlo, deciden involucionar. A veces, porque no tienen más remedio, la enfermedad, el deterioro, los años así lo exigen.
Dentro de esa tristeza, existe también un punto de ternura, de cariño puro al observar, por ejemplo, sus rituales, sus errores, sus cabezonerías, las obsesiones que vienen a ocupar argumentos que ahora ya no saben levantar.
Ahí van, ancianos murmurando para sí, andando pensando en ellos sabrán qué, revolviendo cielos y tierra para conseguir lo que a ojos del resto, es absurdo y para ellos vital.
Pueden hacernos perder la paciencia, los nervios, pero si les vemos con ese prisma tierno, es más fácil estar a su lado, ayudarlos en esa etapa, enriquecernos con sus frases ilógicas, con sus acciones sin sentido.
Quizá sepan más de lo que parece, puede que al dejar de darle sentido a lo que le dieron antes, estén más cerca de entender la sinrazón de nacer, vivir, envejecer y morir.
Ojalá.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Tapiz

Nos relacionamos entre nosotros y nuestras circunstancias como podemos, escaneamos el mundo desde una única posición: nosotros, lo que pensamos, cómo lo pensamos, cómo lo desvirtuamos.
El entorno, las gentes, los sucesos, la vida, la filtramos ya mal, impura, incapaces de más puntos de vista, limitados a los sentidos y su procesamiento imperfecto, y aún así, somos tan ignorantes que creemos saberlo todo, movernos mejor que el resto, conocer misterios y secretos ocultos para los demás. Menuda pretenciosidad.
No sabemos nada más allá de nuestras narices, y ni siquiera.
Entender el mundo sin sesgos, sin límites, sin prejuicios, sin nuestra pequeña computadora, sería imposible, increíble, grande: lo veríamos desde todos los ojos, mentes, tiempos, posiciones. Qué caleidoscopio; en ese mosaico, ese tapiz, hecho de cada conciencia estaría el mundo real, no el infinito, pero sí la comprensión del entramado que nos contiene.
Luego ya veríamos cómo buscar la eternidad.
Y más tarde, la eternidad y un día.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Competencia

Paseando te encuentras con todo tipo de actividades y gente, es apasionante lo cinematográfica que es la vida, o lo literaria.
En esta ocasión, en el retiro, observé dos puestos enfrentados, en todos los aspectos, de adivinas; las dos, en un reducidísmo espacio -una mesa de camping vestida con un mantel de colores-, tenían un tarot, una bola de cristal, flores secas, ungüentos, pócimas, y un letrero que exponía, con letra muy precaria, los servicios que daban y los precios; todo costaba diez euros, daba igual que te leyeran la mano, o atisbaran tu futuro en la bola de cristal, o bien, fueran las cartas quienes se aventuraran a situarte en el presente; todo el mismo precio, así era difícil decidirse, la verdad.
Las dos mujeres tenían casi el mismo aspecto; bajas, regordetas, de peinados complicados, vestidos muy coloridos y abalorios estrafalarios, sus voces roncas y de dicción horrible, destrozaban la gramática sin más. Pero sólo una de ellas tenía la silla del cliente llena. Vi leer la mano, echar las cartas, incluso mirar la bola pulida, sólo a una. La otra no tenía ningún éxito. Cada vez que se sentaban en la otra mesa, la mirada celosa terminaba sobre su mesa, reubicando los objetos mágicos, compañeros de augurios para ver si así emanaban más misterios, pero nada. Ahí estaba sola y suspirando.
Terminó por parapetarse tras un libro, un Guerra y Paz abreviado, para comerse, con discreción, el contenido de una fiambrera casera, no atreviéndose a dejar el puesto, ya que la de más éxito sí se había ausentado, seguramente para comer.
Pues ni aún así, ni estando al frente del negocio, logró adivinar la suerte de nadie ese día.
Cuando regresé de mi paseo una de las dos no estaba, adivinad cuál.