jueves, 29 de septiembre de 2011

Trazos

Vivir, quizá, es solo apresar el momento, intentar que los días no sean completamente vacíos, llenarlos con lo que se va creando; día a día, proyecto a proyecto, esfuerzo a esfuerzo. Pude que no, que sea una lucha encarnizada contra los límites que impone, a contrarreloj de los propios deseos, a contracorriente de la corriente. O si no, tal vez, sea un cerrar los ojos para que no duela, o abrirlos bien abiertos para que te fulmine con sus contradicciones. O todo junto. O nada de esto.
Sí que es absurdo pretender conocerla, no lo es tanto querer conocernos, ampliarnos, implicarnos, superarnos... pero siempre se topa uno con lo que nos frena, con esas contingencias ajenas que o nos elevan o nos tumban. Con las que hace que la vida no sea la vida deseada.
Queremos quizá lo imposible, o simplemente, solo queremos vivirla como creemos que hemos de hacerlo. Tantos bloqueos, circunstancias adversas, oportunidades cerradas, tantos sueños que despiertan bruscamente para verse deshechos.
Aún así, seguimos trazando una ruta única, la nuestra. La que va más allá del mero hecho de existir.

martes, 27 de septiembre de 2011

Qué inútil es sentirse inútil

Hay días, momentos, épocas en las que nos sentimos más inútiles que otras; vas viendo cómo nada sale como se quería -o simplemente ni sale-, intentas moverte, moverlo todo, intentas una suerte de destino a tu favor y constatas que no, que tampoco se mueven los vientos, y te miras, y miras, y sigues mirando, y no ves nada.
En un alarde de euforia, y no queriendo caer en las garras del desánimo o la melancolía, incluso de la depresión, sigues actuando como si no supieras, claramente, dónde estás, y lo poco que avanza todo. Haces aún más cosas, el ánimo lo mantienes alto, la sonrisa puesta, las esperanzas bien presentes... pero ese equilibrio precario es fácil de tumbarse, y de hecho, cualquier contingencia cotidiana te lo tira la suelo.
Y lo ves ahí, desparramado todo, hecho añicos, vacío, sin ganas ni fuerzas, te sientes inútil y lo peor de ese sentimiento es que sabes lo inútil que es sentirse así.
Así que ni eso consuela.
A seguir moviéndose, al menos, no parar.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Zapato de cristal

Todos nos ajustamos, en menor o mayor grado, la realidad; nos la calzamos al gusto, igual que la hermanastra de la Cenicienta, en su versión original, una que muy poca gente conoce, desvirtuada por la más ñoña y común. Las hermanastras, ante el zapato de cristal, al ver que no les cabe, instigadas por la madre -madrastra para la dueña del zapato-, se cortan una dos dedos, y la otra medio talón para que así les quepa. Por supuesto, el lacayo ve la sangre, y no lo da por válido -la transparencia es lo que tiene-.
Eso hacemos todos, nos cortamos lo que haga falta para que esa realidad nos entre, una que los demás claramente distiguen, porque no es la suya; no es su zapato, aunque a veces, entran varios en el mismo engaño.
Hay casos gravísimos de mutilación y ceguera, pero en general: quién no se engaña, quizá, para ilusionarnos con esa nueva persona, o trabajo o proyecto o día... hasta que se vea la sangre, va funcionando.
No es malo guiñar un ojo, ayuda a no verlo todo demasiado oscuro o luminoso, lo malo, lo que no debería suceder, es cerrarlo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Novedades

Andar, observar, pensar, perderte entre tus hilos mientras el cuerpo te lleva a donde has de ir. Entras, aún de día. Estás ahí, mucha gente nueva, apenas se habla; usan el móvil para hablar, para no sentirse fuera de lugar, buscan voces amigas más allá de la gente nueva, nadie rompe el hielo, tímidas palabras, miradas, sonrisas breves. Pasa el tiempo. Situados, el entorno deja de ser algo novedoso, ya se ha pisado, observado. Nos sentamos, hablamos, leemos, los pensamientos se comparten, las miradas ya no son esquivas: la palabra nos ha presentado, nos movemos más a gusto, los móviles ya no son necesarios. Descanso. Encuentros, intercambios, probamos sabores nuevos, nos adentramos en nuevas miradas; nos reconocemos ya. Ya no somos extraños, los corrillos se agrandan, las conversaciones fluyen. La noche ya llegó afuera. El día no se ha ido en vano.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Clarividencias

Hay momentos, milésimas de segundos, en los que nos sobreviene una clarividencia dolorosa de lo preclara que es; son instantes lúcidos sobre quienes somos, qué somos, qué estamos haciendo con nuestra vida, y son muy breves, aunque nos parezcan eternos en el instante de experimentarlos.
Es como un relámpago de luz sabia, que luego nos trae el ruido de los pensamientos confusos y aterrados del resplandor que nos atravesó.
Saber, aunque sea por un trocito de eternidad, qué somos, es pavoroso: nos vemos sin ningún disimulo, desnudos de todos los caparazones y murallas que hemos ido levantando en nuestro ir moviéndonos, para poder seguir haciéndolo, para perdonarnos, o no caer ante nuestros ojos fulminados por los errores y los fracasos y las omisiones hechas.
Es una sensación de indefensión, de terror, verse así, como se es, sin más... pero también es un empuje enorme, y eso ya viene con el ruido del más tarde, para reaccionar y saber que, en realidad, somos, ni más ni menos que otros, y que hemos sobrevivido al rayo, que hasta el siguiente, quizá, podamos ser un poco más como queremos ser y no como nos hemos acomodado a ser.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Pasión

Una, o la única, motivación, la que mueve montañas, la que te sacude la pasividad, el conformismo, la vida misma, es la pasión: la pasión a lo que sea o a quien sea. Es el motor más potente que existe.
Si es hacia un semejante, se ha hablado ya mucho; el amor, la pasión, el deseo indestructible que pasa por encima de donde tenga que pasar para lograr siquiera unos minutos al lado del ser amado... pero también existe la pasión a "algo", ya sea la propia profesión, una investigación, una teoría que nos ronda por la cabeza, el arte... cada uno sabe dónde situarse, qué le mueve a romper con todo, a levantarse cada mañana, a no querer dormirse cada noche, qué le ronda y acapara sus pensamientos, qué le lleva a recorrer las distancias que nunca haría por nada más.
Esa pasión, en general suele ser pasajera, luego queda una resaca, un lejano recuerdo de que una vez se estuvo vivo, pero si se tiene la suerte de que sea parte de ti, de tus proyectos, de tu motor primordial, tienes garantizada la locura, la desilusión que ata, las ganas de seguir, y seguir rompiendo moldes para alcanzar esa frase perfecta, esa nota impecable, esa partitura única, ese color imposible, ese sueño.

martes, 20 de septiembre de 2011

Relato. 6 y última parte. Nadie. Nada.

Pues bien ahora tienes dos opciones; beber de tu botella y acabar dignamente, o esconderte... otra vez.

-Estás delirando -no intentó ninguna excusa, no intentó negar la evidencia-, nadie tendrá nada de que acusarme. ¿Tan importante te crees? ¿Quién te va a echar de menos? No tienes a nadie, no te queda nada.

Al hombre grande se le empezaban a cerrar los ojos. El veneno estaba actuando rápidamente. Pero tenía que cerrar el círculo en el que se había metido. Con su voz cada vez más lejana, siguió.

-¿Cómo vas a asegurarte de qué no he dejado escrito lo que me has hecho?

-¡Eso es un farol! Tú no podías adivinarlo. Es mentira, ¡Es imposible!

-... O no.

Óscar se quedó callado. Mientras le miraba morir la cabeza le daba vueltas.

-No me líes. No puede ser verdad, no hay nada escrito. -Óscar intentaba autoengañarse mientras Jonás le contestaba con retraso a su anterior pregunta.

-Efectivamente yo no podía saber cómo lo harías, pero podía intuir que lo harías. Podía escribir esa nota y si nada pasaba, al llegar al hotel podría anularla.

-¿Y tu venganza? ¿Todos estos años temiéndote para nada? -Insistía en justificar su asesinato.

-Tú mismo me has vengado -y con un último esfuerzo le hizo la última y deliberada pregunta-, ¿Vas a beber o vas a huir?

-¡No es verdad! -Lo cogió del cuello, lo zarandeó. - ¡Dime que no es verdad!

Al día siguiente Tono recogió el pedido pero no lo pudo entrar. La puerta estaba cerrada desde dentro y el no tenía las llaves, lo dejó afuera para que Clara lo entrase. Y lo entró, encontrándoles como los había dejado; uno frente al otro.