lunes, 2 de febrero de 2026

Fragmento de Somos invisibles. Laberintos.

 

    Los que limpiamos somos el último frente, los testigos que recogen lo que nadie ve ni quiere ver: los restos de lo ocurrido.
    Somos invisibles. No intervenimos, observamos sin ser vistos.
    He limpiado en despachos donde se dictan órdenes cruciales, de las que solo quedan como testigos, papeles rotos, vasos vacíos, ceniceros llenos. Y un sudor denso, hecho de frustración, gritos, derrotas y concesiones, que lo cubre todo.
    He barrido en salas de juzgados el eco de las palabras que manchan cada esquina de mentiras y verdades. Las que retumban ennegreciendo las paredes con su tensión. Barrí lágrimas secas entre los resquicios. Limpié ese vaho viscoso de olor intenso que dejan las almas de las víctimas, imposible de quitar del todo.
    Ahora lo reconozco en ciertas zonas del hospital; quirófanos y salas de urgencias, donde nunca termina de irse la huella del dolor, la impotencia, el desconcierto al cruzar de la vida a la muerte.
    Ese espacio blanco antes de la lucha contra la muerte se convierte en zona de guerra: la sangre, los trapos empapados de los fluidos que nos mantienen vivos muestran con obscenidad lo vulnerables que somos. El instrumental, las mascarillas, guantes, batas, todo manchado de lo que llevamos dentro.
    Vemos de lo que estamos hechos, la fragilidad del cuerpo, el dolor, su olor, el miedo, la vida desparramada sin miramientos.


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