Los que limpiamos somos el último frente, los testigos que
recogen lo que nadie ve ni quiere ver: los restos de lo ocurrido.
Somos invisibles. No intervenimos, observamos sin ser
vistos.
He limpiado en despachos donde se dictan órdenes cruciales,
de las que solo quedan como testigos, papeles rotos, vasos vacíos, ceniceros
llenos. Y un sudor denso, hecho de frustración, gritos, derrotas y concesiones,
que lo cubre todo.
He barrido en salas de juzgados el eco de las palabras que
manchan cada esquina de mentiras y verdades. Las que retumban ennegreciendo las
paredes con su tensión. Barrí lágrimas secas entre los resquicios. Limpié ese
vaho viscoso de olor intenso que dejan las almas de las víctimas, imposible de
quitar del todo.
Ahora lo reconozco en ciertas zonas del hospital; quirófanos
y salas de urgencias, donde nunca termina de irse la huella del dolor, la
impotencia, el desconcierto al cruzar de la
vida a la muerte.
Ese espacio blanco antes de la lucha contra la muerte se
convierte en zona de guerra: la sangre, los trapos empapados de los fluidos que
nos mantienen vivos muestran con obscenidad lo vulnerables que somos. El
instrumental, las mascarillas, guantes, batas, todo manchado de lo que llevamos
dentro.
Vemos de lo que estamos hechos, la fragilidad del cuerpo, el
dolor, su olor, el miedo, la vida desparramada sin miramientos.

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