miércoles, 16 de febrero de 2011

Memorias vivas

El hombre, en cualquiera de sus civilizaciones, sobre todo, las antigüas, ha dejado constancia de su paso; bellísimos monumentos, enormes construcciones, espectaculares estatuas consagradas, muchas veces, no a la vida, sino a la muerte, a la perpetuación de la memoria: qué son si no las pirámides, los monolitos, los dólmenes, entre ellos quizá stonehenge, los guerreros de Xian que custodian la tumba del primer unificador de China, Qin Shihuang.
Y cientos de ejemplos, algunos desconocidos, pero que emergen desde las arenas del tiempo, en medio de desiertos, de ruinas de lo que fueron.
Junto a la muerte, también se han erigido hermosas ofrendas de piedra a los dioses, para que desde esta vida, nos protejan con sus bendiciones, y desde los tótems, sencillos en su magnificencia, hasta las catedrales que quieren tocar los cielos, existen todo tipo de monumentos que pretenden, en su humanidad, rozar la divinidad.
Obras anónimas, no por el rey o faraón o marajá que los mandó levantar, sino por los cientos de personas, posiblemente esclavos, que se dejaron ahí el alma. Quizá por eso son tan bellos, solemnes y merecen nuestra admiración y recuerdo.

martes, 15 de febrero de 2011

Crisis

Hoy me comentaba una amiga, que trabaja cara al público, que la gente está más crispada, hay más agresividad en el ambiente.
Y creo que tiene razón. Las escenas en la calle son más tensas, ya no digo las que salen en las noticias: destrucciones colectivas, llamas, cristales rotos, casi de preguerra, no, me refiero a las personas que vemos al caminar; se gritan más, está cargado el ambiente, se tiene menos paciencia, en las colas se charlas poco, se sonríe aún menos y hay más malas caras, se anda deprisa mirando al suelo, no paseando mirando a nada y a todo. Las madres gritan a los hijos, los hijos entre ellos y a los padre, que también los hay, los ancianos se dicen las cosas gruñendo, y si toca reclamar, los tonos suben.
Sí, es cierto, hay crisis, los problemas son más agudos, el mundo más estrecho, las obligaciones más pesadas. Pero como dijo un cantante callejero en el metro de Madrid cuando acabó su actuación:"No me den dinero, que sé que no está el asunto bien, pero sí una sonrisa, que no se diga que estamos en crisis de espíritu, de eso, no, por favor".

lunes, 14 de febrero de 2011

Lo buscado

Es difícil esperar, sobre todo, mientras se sabe qué se quiere, qué se busca, qué se espera y aún así, por mucho que mires debajo de las alfombras, detrás de los rincones, por las esquinas, recorras kilómetros, vuelvas a desandarlos, no se puede hacer nada si aún no puedes acceder a lo anhelado.
El subconsciente es quien empieza la búsqueda, el consciente sufre esa tiranía, ese viaje seco, ansioso que nos surgió desde dentro y a veces, cuando encontramos ese algo, el mismo consciente no lo sabe, no lo entiende, necesita del otro, del que nos echó en su búsqueda para entender lo que tenemos, o simplemente, también lo reconocemos al perderlo.
Cuántas veces se ha tenido entre las manos, delante de uno, al lado, aquello que se buscaba y no se reconoció, uno se siguió martirizando, hasta hacer añicos lo encontrado, y ya en el suelo, sus trocitos imposibles nos dicen que era eso, o si no su ausencia, su vacío, la torpeza de no ver lo soñado sin el sueño.
No solo es difícil esperar, sino complicado hallar lo buscado, y más todavía, mantenerlo cerca.

domingo, 13 de febrero de 2011

Y la nave va...

Pues sí, esa nave va imparable, y nos transporta, y aunque a veces nos tiraríamos por la borda, seguimos en ella, esperando...
La vida solo hay que vivirla, como se pueda, distraerse con lo que haya a bordo, mirar al horizonte, interactuar con los demás pasajeros, soñar en el próximo puerto, recordar otros, aislarnos en nuestro camerino, deambular entre las olas, protegidos o no, como queramos sentir sus gotas contra el cuerpo, ponerse a favor o en contra del viento, para que nos agite o nos peine el pelo, las ideas, los sueños. Incluso se puede coger un bote, de los que está provista la nave, y aventurarse en solitario por ese mar un rato, ya que si se está demasiado a la deriva, pasa lo que pasa... aunque sigue siendo una opción válida llegar a su último extremo.
Lo único que hay que asimilar, es que no sabemos por qué estamos realizando el viaje ni por qué hay que terminarlo. El cómo sobrellevarlo es totalmente cuestión nuestra.
Dejemos que la nave vaya.

sábado, 12 de febrero de 2011

Parte final: DIECIOCHO SEGUNDOS


Tras tantas horas de incertidumbre, de querer acabar con todo, de que se decidieran ya y dejasen de pegar, de preguntar, de trasladarme de un sitio a otro a cual peor, sin comida, con frío, sin apenas horas de sueño. Sólo anhelaba el fin.
Y ahora no quiero por lo que tanto recé; no deseo librarme de la humedad, del hambre, del dolor, de la vida: Quiero seguir esperando el final, creerme y mantenerme vivo.
Si pude sobrevivir a esas celdas, he de lograrlo ante este muro: dicen que en el último segundo cada día de tu vida viene a visitarte, a recordarte lo que estás a punto de perder, quizás para no olvidarte de ti mismo en la eternidad, pero a mí aún no se me ha presentado ni siquiera el más mínimo suceso; todavía estoy esperando, no tengo la certeza de mi fin ya que no he visto su principio: ningún recuerdo fugaz ha venido a avisarme de la inmediatez del fin; ese segundo no ha transcurrido, por lo tanto, puede no suceder, y en este lapso de tiempo todo puede ocurrir, incluso la esperanza de que no pase nunca. Yo aún no me he mostrado ante mí, tal y como viví y sin esos recuerdos de vida, no puedo morir.
Espero, y en la espera soy eterno.



-¡Fuego!

viernes, 11 de febrero de 2011

5 Parte, DIECIOCHO SEGUNDOS

No quiero. No puedo hacerlo, cómo es posible exigirle a nadie lo que me piden a mí, a los demás. Qué ha sucedido para que esté yo ahora en esta situación. Juan me dijo que las dudas sólo aparecen la primera vez: “Tú tranquilo, respira hondo, y adelante, pero ante todo, no los mires”, me dijo que apuntase al frente sin mas, que nadie puede saber, yo no puedo saber, quién lo hizo tras todo ese humo y ruido y gritos, ensordecido por los propios latidos retumbando en las sienes, atento a los pensamientos de uno mismo: Nadie lo puede saber; “y si tienes la certeza, guárdatela para ti, pero ante todo no mires, ni antes ni después.”
No puedo dominarme, estoy temblando.
Si no hubiese dudado en ese último momento cuando les oí llamarme como cada noche para que saliese furtivamente a reunirme con ellos, a recorrer las calles prohibidas para beber hasta perder la conciencia, a amanecer en camas extrañas de las que te despertaban sin miramientos ni ternura, de las que salías destemplado, vacío y a las que te jurabas no volver con esa falsa determinación de voluntad del cuerpo satisfecho.
Si les hubiese acompañado.
Las noches fueron cambiando de cariz, el alcohol ya no dirigía los cuerpos, sino las palabras: se volvieron peligrosas, secretas: conspiraban. No me gustaba pero yo las pronunciaba como los demás: acepté el destino de los que ahora tengo delante, el que traicioné haciéndome el sordo la noche en la que preferí estar dónde estoy ahora: Su realidad, la mía, unidas pero opuestas. No seré yo quién las rompa, quién las vacíe: Mis manos tiemblan, no acertaré. No quiero. No voy a hacerlo.
Cómo se puede presionar a nadie a estar aquí, en cualquiera de los dos lados. Qué poder es ese.
“Sólo pasa la primera vez, recuerda: Ante todo no mires, y si eres capaz; no pienses.”

jueves, 10 de febrero de 2011

4 Parte. DIECIOCHO SEGUNDOS

-¡A…punten!


Noto el cuerpo entumecido, no sé si podré aguantar. Las piernas me tiemblan. Espero que ninguno de nosotros se venga abajo, no lo soportaría. Si alguien llorase o gritase, sería terrible, no podría responder de mí. Debería estar pensando en otra cosa, en intentar poner mis asuntos en orden, quizás en recordar a los que dejo atrás. No puedo, mi mente está colapsada, sólo siento el dolor de las manos, el aflojamiento de mis músculos, me molesta la venda; hace que me pique la nariz y no puedo rascármela, eso me irrita y toda la atención se me escapa en esa dirección. Cómo es posible que sea ese picor, este frío, el dolor lo único que tenga en mente, lo que me vaya a llevar conmigo al infinito; dónde está el rostro, la voz, los recuerdos de mi madre, de Ana, de mis amigos, por qué soy incapaz de pensar en algo que no sea esta desazón a la que no puedo calmar: la inmediatez del fin no puede ser tan trivial, tan necio, tan vulgar; dónde están los pensamientos elevados, la compresión última de la existencia, el miedo ancestral ante lo desconocido. No es serio que mis temores sean no caer, no llorar, aliviarme este picor insoportable. Lo intento pero no recuerdo los rasgos de ninguno de los que quise, no alcanzo a estructurar ideas nobles: mis piernas no me van a soportar, voy a caer. Por favor, que nadie diga nada, que sigan enteros. Ellos a lo mejor sí piensan, sí recuerdan. Estuvimos juntos poco tiempo, sólo la noche, nos trajeron por separado, yo fui el primero, apenas nos dijimos nada, cada uno tenía mucho que decirse en silencio. Nos dejaron fumar. No faltó tabaco. Nadie durmió, quizás unas cabezadillas. Yo desde luego, no pude pegar ojo, me tumbé en ese camastro tan incómodo del que no me hubiera levantado nunca. Vinieron a por nosotros cuando aún estaba oscuro afuera, al alba sólo se la intuía. En la confusión de la salida es cuando más hablamos, era como si con el sonido de nuestras voces exortizáramos el miedo, alejando dudas, esquivando respuestas. Me compadecí del chico, tan joven, los otros también, era evidente. Me costó entender que compartíamos destino, al menos pensar en él me distrajo un rato.
Cómo me pica la nariz, no puede ser eso lo que me lleve conmigo. He de hacer un esfuerzo y pensar, pensar. Pensar.