miércoles, 11 de enero de 2012

Relato. 4 Parte, El visitante

Una tarde especialmente ajetreada, estaban desalojando a los rezagados .siempre los hay más tardos en despedirse, en retornar a la vida sin él, sin ella, cuando notó que su colega se quedaba tenso, atento. Lo cogió de su camisa y lo atrajo hacia sí.
-¿Lo has visto?
-¿A quién?
-A ese hombre, aquél de negro. Mira por ahí va. Estaba agitado y Juan no le acababa de entender. Eso le puso más nervioso.
-¿Dónde? ¿Quién?
-¡Pero, sí, hombre! El que se acaba de ir.
-No sé, lo siento. No le vi.
-¡Pues que bien!
-No te enfades, no es para tanto, digo yo.
Entonces es cuando supo, por él, lo que a él le habían contado de niño cuando ayudaba a su abuelo en el camposanto, que a su vez le fue narrado cavando su primer tumba de joven: La leyenda del que engañó a la muerte.
Con voz grave, como es de ley contar asuntos oscuros, su amigo le narró los detalles, que él fue olvidando, aunque lo principal se le grabó: El hombre se escondió en su propio nicho, y por unos segundos ella no lo encontró. Pasó su momento. Ahora es un duelo entre los dos.
El sepulturero se volvió para seguirle con la mirada. Se había jurado ,costumbre muy suya, espiarle para cerciorarse de si era o no él. Sería fácil, el hombre que burló al tiempo ha de visitar su propia tumba vacía, hasta que ella lo encuentra y entonces cambia de cementerio, como el que cambia de ciudad.

martes, 10 de enero de 2012

Relato. 3 Parte. El visitante

-¿Y Mariano? -la anciana, con un hilo de voz, espetó a bocajarro la pregunta al hombre, recién llegado, que estaba abriendo la verja.
Él, delgado y alto, curtida la piel hasta parecer de leña, tosco en sus maneras, suspiró y empujando la puerta con dificultad se juró engrasarla al día siguiente, como se había prometió el anterior.
-Pase, doña Mercedes, pase, que ahora viene.
-¿Quién? preguntó la mujer con sus azules ojos aguados abiertos demostrando su sorpresa.
-Nada, nada. Ande, pase usted.
El hombre se apartó para dejarles entrar en el cementerio, echándole una mirada de tristeza a ella y otra de respeto a Samuel. A ella la veía cada día desde que entró para cubrir la plaza de Mariano, hace ya sus años, y a él desde hacía unos meses.
El primer día que le vio le llamó la atención de inmediato. Correspondía punto por punto con el de la leyenda.
La escuchó por primera vez estando de interino como sepulturero en un pueblo aislado y casi despoblado. Su compañero, un hombre alegre, grandote, guasón hasta la irreverencia, le fue enseñando su oficio. Nada mas ser presentado, le palmeó la espalda y con esa voz ronca que da el fumar constante le dijo: “que no te llame a engaño los pocos paisanos de por aquí, ya verás, ya. Parece mentira que tan pocos vivos den tanto trabajo con sus muertos”.

lunes, 9 de enero de 2012

Relato. 2 Parte. El visitante

El conductor de la línea tras cobrarle, le siguió con la mirada.
No pudo evitar ver en él a la personificación misma del daguerrotipo de su bisabuelo.
Recordó aquella imagen que tan vívidamente le atrapó de niño, revivió cuánto le impresionó ver ahí dentro, apresada en un cartón grueso, manchado de humedad, la imagen de una persona muerta, ajena a él pero totalmente relevante para su propia vida.
Cobrándole el importe de su billete rememoró ese mismo instante -el que a todos llega-, en el que tuvo la certeza de que toda vida acaba. Su ingenuidad de niño se sobrecogió, por primera vez, con la intuición adulta de que detrás de uno puede sólo quedar eso: un cartoncillo inusualmente grueso, que en su día, apresó la imagen de luz y plata de quién sintió, se equivocó, vivió.
Puso en marcha el autobús, parándolo según lo iban solicitando sus pasajeros. Samuel y una mujer muy menguada, de frágil apariencia, bajaron en el cementerio.
La señora iba andando a pasitos cortos, lo cual le confería una velocidad respetable, incluso ágil, para la poquita cosa que su figura representaba. No dejaba de murmurar mientras se encaminaba al camposanto.
Samuel la seguía de cerca. Ambos llegaron a la puerta de hierro negro más o menos a la vez.
Estaba cerrada. Esperaron.
Al cabo de unos cinco minutos la anciana suspiró, al ratito carraspeó ligeramente, y ya sin más preámbulos ni etiqueta, se encaró con su compañero de espera.
-Pues es la segunda vez en este mes que no me tiene abierto cuando toca -estaba realmente indignada-. A este Mariano le debe de pasar algo, no es normal en él esta impuntualidad -su voz se dulcificó un tanto, pasando a la preocupación en su siguiente comentario-. ¿Y si es algo grave? -estaba realmente alarmada. Sus ojos se quedaron mirando fijamente sin ver, abismándose en su imaginación -lo mal que lo estaba pasando el tal Mariano quizás. ¿Quién sabe?-.
Todo su encorvado cuerpecillo estaba en tensión, delataba así, que estaba más allá de la realidad colindante.
Era como si para ella todo pensamiento fuese real; lo ideado era tan intenso, que cuando se parase a recordar lo ocurrido en sus días, más de un acontecimiento apócrifo se le traspapelaría. Era una superviviente de ella misma, de su limitada dimensión de lo real.

domingo, 8 de enero de 2012

Relato. 1 parte. El visitante

-Buenos días.
-Buenas.
La portera de la finca dejó de barrer para ver mejor cómo el nuevo inquilino se alejaba calle abajo.
Estuvo sus buenos minutos apoyada en la escoba, rezongando. Cuánto no habría dado en esos momentos para tener a alguien con quien comentar sus impresiones del caballero que acaba de salir, como cada día a la misma hora desde que se alojaba en sus dominios.
Su hijo ya no la hacía ni caso, harto estaba de oírla durante todos los desayunos de estos meses atrás.
-Pues lo que yo te diga, hijo, que ese señor es muy raro.
-Pues no sé que le ve usted de raro al hombre. Yo le veo normal. -Normal, normal… ¡pues no es normal!, tiene un no sé qué -un
escalofrío le hizo agitarse toda ella-, es el tipo de hombre del que no me extrañaría nada que apareciese en los periódicos.
-Usted ve mucho la tele, madre. Déjele en paz.
-No, si yo le dejo, le dejo. No me atrevería a molestarle, hijo. Me da repelús, eso es todo.

Samuel, el caballero que tanto inquietaba a la portera de su nueva vivienda, dio la vuelta a la esquina para hacer cola en la parada del autobús.
Al ratito de estar entre el grupo, las conversaciones bajaron de volumen hasta extinguirse. Todo quedó suspendido, congelado.
Hubo una señora que se le quedó mirando de reojo y una pequeña se agarró con fuerza a la mano de su madre, metiéndose literalmente bajo sus faldas.
Su mera presencia les alejó de sus planes cotidianos durante unos minutos, sumiéndoles en sus pensamientos más recónditos, más olvidados. El autobús llegó, puntual.

viernes, 6 de enero de 2012

Seis de enero

"Si no te duermes, no vienen. "¡Tú qué sabrás!". "Más que tú". "Shh, a callar los dos. Es hora de dormir de una vez". "¿A qué no vendrán si no nos dormimos?" "Y si no os calláis tampoco".

Es un diálogo recurrente y universal, esta noche pasada lo habrán podido escuchar las paredes de casi todas las casas. Ellas sí saben lo que sucederá, han asistido pacientemente a esas conversaciones durante generaciones, han visto cómo los padres de ahora, niños de entonces, espían a sus retoños comprobando que ya pueden, con mucho cuidado al principio para no despertarlos, luego se van despistando en sus cuidados, sacar bolsas y colocar los regalos que los hijos pidieron en su carta, nerviosos y preocupados de ser buenos, de que se los traigan y que agotados por tanta expectación, sueñan sin sueños mientras los padres de ahora ríen bajito y van montando la escena de cada mañana de reyes: beben de lo que han dejado antes para los camellos y reyes, rellenan de caramelos los zapatos dejados bien limpios para que sepan que hay niños en la casa, y recuerdan cómo se despertaban ellos de ilusionados y asustados para enfrentarse a ese salón cerrado, sin saber aún si habrá llegado lo pedido, si uno se puede fiar o no de los sueños, de las promesas, de uno mismo y de los demás. Y abres la puerta, y ahí está: sí puedes fiarte.
Eso hará que cuando sepas que no siempre es así, en el fondo, mantengas la esperanza. Las paredes lo saben por eso callan y no dicen nada.

miércoles, 4 de enero de 2012

LLamadas

Me gusta entrar en sitios nuevos, en cafeterías o establecimientos que desde la calle me llamen, me inviten a pasar. Es una llamada clara, rotunda; voy caminando y es imposible no escucharla, mis ojos miran al interior de ese bajo que me ha visto antes que yo a él. Y entro. Ya sea para sentarme a tomar un café o un té en sus sillas, ante esas mesas, observando a gentes y espejos y columnas y decoraciones y muros y empapándome de su ambiente, olor, sabor, eco, palabras..., porque en cada lugar se dicen cosas diferentes, suenan distinto, saben como solo se puede ahí. Es apasionante encontrarte con esas tiendas atiborradas de objetos imposibles, regentadas por personajes casi de cuento, que tal y como hablan y se mueven, no es posible que trabajasen en otro lugar; ellos y la tienda, o bar o cafetería son uno y poder acercarte unos minutos a su reino, es un lujo de los muchos que tiene callejear, perderse, ya sea en una ciudad desconocida o en la propia. Que por mucho que se viva en una, siempre hay rincones ocultos que nos llaman.

lunes, 2 de enero de 2012

Fiebre

La fiebre es quien me ha venido a recibir este año. Ese estado donde el cuerpo no es tuyo, la cabeza no se asienta y las ideas flotan; eres menos tú o más tú... no lo sabría decir.
Las obligaciones cuestan horrores cumplirlas, las frases que salen de las manos inseguras suelen ser geniales o de una estupidez enorme. Los recuerdos se mezclan con las planificaciones, andar duele, moverse más, pensar está contraindicado, mejor dejarse llevar, esperar a que esos grados se vayan, devolviéndonos a la normalidad, al ritmo, a ser dueños del cuerpo de nuevo.
Mientras tanto, tampoco está de más dejarse llevar a la deriva, a la que nuestra propia mente enfebrecida quiera.