jueves, 30 de diciembre de 2010

Año nuevo

Se acaba el año, qué rápido se ha ido.
Habrá sido como todos, bueno y malo, lleno de proyectos y frustraciones, luminoso y oscuro.
El que viene será lo que este, que ya se acaba, comenzó a esbozar.
Espero que esos esquemas, aún borrosos y tímidos, se afiancen y conviertan estos nuevos trescientos sesenta y cuatro días en algo grande.
Por mi parte, lo empiezo con grandes esperanzas.

martes, 28 de diciembre de 2010

Lucha

Días de encuentros, renovaciones, propuestas interesantes, de cerrar trabajos y de abrir otros. Pero no porque acabe un año, sino por el cambio geográfico.
Volar lejos de la rutina siempre nos instaura en otra dimensión donde siendo los mismos, no los somos, haciendo lo de siempre, sabe diferente: Levantarse en otra cama, oler otro café, pasear con los mismos pies otras aceras, renueva. Te acerca a ese lado inquieto que lo cotidiano, asututamente para que no se te le escapes, te esconde.
Cierto que mientras recorres esos planes con la ilusión de la novedad, ya casi hechos en la mente mientras te asomas sorprendiéndote de cada esquina, te crees dueña del destino, y que cuando los estés mirando, otra vez desde tu día a día, no solo no estarán tan claros sino que tenderán a alejarse, a desvanecerse en lo improbable.
Es entonces cuando no hay que darse por vencida y darles alas, esquivando el intento de lo habitual que querrá atarte a su lado.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Hoy relato (largo para que dure las Navidades): El museo

Mi amigo estaba allí, sentado como siempre, enfrente de ese cuadro.
Bueno, el término amigo no es el exacto. Con un amigo se comparte un tiempo que se va llenando de experiencias comunes. Yo lo único que compartía con él era el espacio. Mi trabajo es el de guardia de seguridad.
La empresa para la que trabajo nos va dando y quitando destinos ya que, en esta ocupación mía de vigilar, es muy peligroso acostumbrarse demasiado a lo que se vigila.
Se puede llegar a bajar la guardia con mucha facilidad cuando te acostumbras a ver una y otra vez durante horas y horas lo mismo..., claro que sin ese tedio profesional no me habría acercado nunca a..., pero eso viene más tarde.
Al principio no hay peligro de descuidarse. Todo es estimulante. Los recorridos aún no son rutinarios. Cualquier cambio es fácil de detectar, cualquier ruido te pone alerta. El peligro viene con la costumbre y el aburrimiento considerable que trae consigo.
Mi trabajo esa temporada estaba en un museo. No era uno demasiado importante. La gente que venía a visitarlo era más bien poca, así que no me fue difícil fijarme en uno de ellos que repetía día tras día la visita. Mi amigo.
Podría no ser rara su frecuencia de ser, digamos, un estudiante de arte, un pintor, un profesor, incluso. Pero nunca salía de la única sala en la que entraba, y ya en esa sala no se levantaba del único asiento que había, y desde ese asiento no dejaba de mirar siempre al mismo cuadro. Eso sí era raro.
Sus visitas diarias empezaron a ser un peligro para mí. Lo notaba, notaba que estaba más pendiente de él que del museo. Se me iba el santo al cielo intentando adivinar qué haría para estar tanto tiempo ahí quieto, mirando siempre lo mismo, sin desear estar en otro lado, como me pasaba a mí.
Fue un jueves cuando intenté una conversación casual, a modo de acercamiento.
-Bonito cuadro.
El cuadro, impresionista, representaba una casa de campo situada en lo que parecía ser una arboleda. Estaba todo cerrado excepto una ventana entre abierta, del piso superior. Parecía ser la hora de la siesta por la quietud y el juego de sombras que hacía el sol con los diferentes objetos.
-Sí que lo es -tardó mucho en contestar y lo hizo con la entonación lejana del que acaba de situarse en donde realmente está.
-Disculpe si le he molestado.
Me sonrió abiertamente y girándose para verme mejor me aseguró, tanto con sus serenos ojos como con sus palabras, que no lo había hecho en absoluto.
Había logrado romper el hielo, iba a preguntarle cualquier otra cosa, cuando uno de los tres visitantes que había reclamó mi atención. Quería que le indicase dónde estaban los servicios.
Cuando regresé, el hombre de la mirada serena estaba tan ensimismado que no me atreví a volverlo a la realidad otra vez.
A la hora de cerrar, sin embargo, mi amigo se me acercó y me deseó buena tarde. A partir de ese día nos empezamos a hablar compartiendo así algo más que el espacio.
Llegó un día en el que al salir, -ya que sólo nos hablábamos cuando él no miraba al cuadro-, le pregunté por qué sólo estaba interesado en ese precisamente.
-Porque sólo tengo una vida, y no me da para más.


Me pasé toda la noche -que no se acababa nunca-, intentando descifrar su contestación. Finalmente llegó la hora de abrir el museo.
Cuando le saludé, no sé qué ansía me notó en mi voz, que mirándome desde sus profundos ojos oscuros me invitó a sentarme con él en el banco. Me quería aclarar la pregunta que no llegué a formularle.
-Lo que te voy a contar no es nuevo, en absoluto. Todos los grandes pensadores, Aristóteles, Copérnico, Nietzsche, Einstein..., nos lo han indicado una y otra vez a lo largo del tiempo. Otros nos lo han hecho llegar por medio de las palabras: Shakespeare, Calderón, Unamuno, Borges... -me nombró muchos más pero yo sólo retuve unos pocos de los que ya había oído antes.
-¿Qué ves en ese cuadro? -me preguntó. Y yo se lo describí.
-¿Sólo ves eso? -estuve intentando ver algo más. Intenté describirlo más por lo menudo, pero me interrumpió suavemente.
-Después del cuadro. ¿Qué ves después del cuadro?
Le miré desvalido.
-No te preocupes. A mí me costó media vida.
Mirándome con una intensidad casi hiriente, me empezó a explicar cómo ver el cuadro.
-En ese cuadro se puede ver lo infinito, ya que en él se repite lo finito una y otra vez.
Ante mi estupor le oí preguntarme qué veía primero.
-Una puerta cerrada.
-Esa puerta está hecha de madera. ¿No?
-Sí, de madera, parece.
-Pues piensa que para hacerla se necesitarían árboles. Piensa en un árbol. La semilla, la tierra, el agua, el tiempo que necesitó para crecer y ser cortado y dar otras semillas... piensa en los animales que vivieron en él y gracias a él..., en el hombre que lo taló, con su nacer, sus circunstancias, que a su vez te llevarán a otro comienzo. Todo siempre encadenado, y a su vez, ramificado.
Sus palabras las veía en imágenes descomponibles. El árbol en ramas, hojas, sabia... la tierra, sus distintas capas, con sus distintos elementos, y en sus diferentes edades... el agua microscópica... el principio del entrecruzamiento de genes...
-¡Pero esto es una enormidad! -exclamé abrumado.
-Esto es sólo la puerta, amigo mío. Sólo la puerta me costó diez años -paró unos segundos y luego me formuló otra pregunta. ¿Para qué sirven las puertas?
-Para entrar.
-¡Eso es! Aún queda pasar adentro, imaginar lo que hay, las gentes que ahí viven, lo que piensan, lo que están haciendo... y nunca repites, porque aunque hayan otros árboles, sus semillas serán siempre diferentes, sus crecimientos distintos, sus climas irrepetibles... y con los hombres, mucho más evidente.
-¿Y ya lo has visto todo?
-No. Pero ya he logrado llegar a otro plano.
-¿Otro plano?
-Sí. ¿Qué ves?
-Una casa con una puerta...
-No -dijo con suavidad. ¿Qué ves?
-Un cuadro.
-¡Exacto! Después de todo, sólo es un cuadro que alguien pintó y que alguien mira. Está colgado en una pared de un museo que lo contiene y que para acceder al mismo se tiene que traspasar una puerta -ese es el otro plano, el plano que se acerca a lo real.
Las infinitas posibilidades de cada ejemplo sugerido por mi amigo eran impensables... el autor tuvo que tener sus circunstancias que le llevaran a pintar ese -y no otro- cuadro... los que lo mirábamos, pensarnos, conocernos... -lo más difícil que hay-. Luego el museo, su sitio en el pueblo, las gentes que en él viven...
-¿Sólo se acerca a lo real? -Aún me atreví a preguntar.
-Sí, los planos se van cerrando, acercándose en sus límites finitos a lo infinito. Pero no hay un plano real. Hay un punto, sólo un punto en el centro del infinito que genera todos los planos... y aún así, algo más habrá.
-¿Y en qué plano estás?
-¿Lo quieres saber, de verdad?
-Sí, claro.
-Con lo que te revele no podrás volver a ser el que ahora eres.
-No me importa. Mi ser ahora, es querer saber.
Me miró y lentamente empezó el final.
-Esto no es un cuadro, no estamos en un museo.
Esto es un relato, tan sólo somos la mezcla arbitraria de letras unidas por una idea que alguien materializa.
No estamos hablando. Nos están leyendo.
-¿Son esos ojos que nos leen, el centro del punto? ¿Son ellos el infinito?
Mi amigo se echó a reír.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Crear y destruir

Uno construye, otro viene y lo destruye. Y así van las cosas. A cualquier nivel. No es una queja, es una realidad. Lo que intentamos siempre, después de la destrucción es que no nos afecte demasiado, o ver por qué fue arrasado y empezar a crear de nuevo, lo roto o quizá otra cosa.
Desde la autoestima, hasta una ilusión, o un proyecto, un trabajo, un algo..., uno hace y otros deshacen. Y la primera vez que te enfrentas a eso, de niño, es cuando empiezas a entrar en el mundo del adulto. Dejas la ingenuidad, aprendes a defenderte, a entender que dejar, no es que te quiten las cosas, que a esperar de alguien algo, no es frustrarte porque no te lo den..., aprendes a que a pesar de que te destruyan, has de ser mucho más fuerte, y seguir creando.

martes, 21 de diciembre de 2010

Ilusiones a cuatro centavos

Es divertido, a la vez que un poco triste, ver cómo siempre han exisistido listillos que juegan con la ingenuidad de la gente y se aprovechan de ella para colar productos de pacotilla.
Uno de los iconos del Lejano Oeste, indiscutible, es el vendedor ambulante, ese mercachifle que intenta vender a la gente elixires milagrosos que todo lo curaban, ya fuera la calvicie, la gripe, la obesidad. Ahí están, clamando su mercancía junto con sus ganchos entre el crédulo público, que picaba y se llevaba todas las botellas que podían.
No retrocedo a las curas milagrosas de meigas ni hechiceras, pero ahí queda dicho. Desde que el mundo es mundo, se intenta el engaño.
Y ahora en pleno siglo XXI no iba a ser el final. Los anuncios increíbles, tanto en prensa, como en televisión y ordenador -que se note, al menos en la difusión, que estamos avanzados-, se sigue intentando vender timos: que si esto te hará más joven, más delgada, corta mejor, pinta sin manchas, calienta en invierno, cura en verano..., seguimos bombardeados por los mismos embaucadores de antes, y sí, siguen vendiendo.
Es que claro, quién pude resistirse a creer en los sueños, a que por el módico precio de tanto, se consiga lo que la voluntad o las circunstancias nos lo pone difícil... somos fáciles de engañar porque queremos creer que no es un engaño. Sólo un sueño cumplido.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Superpoderes

El otro día escuché esta conversación entre dos niños; "¿Tú qué superpoder prefieres tener?" el otro niño, como si eso de tener superpoderes fuera tan fácil como pedirlos a los Reyes Magos y que te los dejaran al lado de las zapatillas, junto al agua y la comida que se pone para refrescar a sus camellos, le contestó muy convencido, "Yo quiero ser invisible"; "Ah, sí, también está guay" y se ensimismó en las ventajas de una cualidad que parecía no haber tenido en cuenta; "¿Y tú, tú que superpoder te pides?"; "¡Ua, a mí me gustaría volar.", "Sí, la verdad es que sí." y se quedaron callados un rato, volando y paseando sin que les vieran. "Jo, ¿y no se podrían tener más de un superpoder?"; "No sé, no creo, ¿no?" "¿Y por qué no? Mira, yo quiero volar y viajar en el tiempo, siempre siendo invisible, claro, para no montar líos."; "Claro, claro, no es cuestión. Pues mira, yo quiero volar y poder atravesar paredes." "¿y eso de las paredes para que sirve?"; "Buah, que pregunta, tu imagínate que puedes atravesar paredes... ¿a qué mola?"; "Sí, tienes razón, mola."
Y ahí los dejé, tenía que cruzar, y no podía acompañarles más trozo en sus ilusiones, eso sí, cruzando me sorprendí pensando en cuales eran mis superpoderes favoritos y apuesto a que alguno de vosotros también ha pensado en cuál sería el suyo...¿me equivoco?...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Horas que vuelan

Dos tardes especiales, dos tardes con dos amigas entrañables, de esas que da igual el tiempo que pase, da igual lo que pase, porque nada más estar ahí, estamos ahí, compartiendo lo que sucedió entre la última vez y esta, poniendo en claro, y oscuro, todo lo humano y lo divino, recuperando el tiempo sin ellas, y haciendo acopio hasta el próximo encuentro.
Una poetisa, y una conocedora de almas; palabras hermosas y certeras, risas y recuerdos, no de lo que compartimos, sino de lo que les sucedió, lo que nos sucedió, pero que al contarlo, ya no es exclusivo de ninguna porque pasa a ser de las dos; ese trasvase de experiencias, sueños, proyectos, ánimos, entendimiento, reconocimiento; ese mirarse en la otra, comprobando, una vez más, por qué somos amigas, por qué se pueden ir cinco horas sin darnos cuenta, por qué se hace el esfuerzo de coger trenes y de andar kilómetros bajo la lluvia para encontrarnos, sentirnos cerca y darnos fuerza.
Gracias.