domingo 19 de febrero de 2012

Lo que no se ve

Escuché de un pintor una frase que no creo que olvide nunca. Estaba explicando cómo dibujar; "¿ves ese árbol?, sus ramas, hojas..., si lo quisieras pintar tendrías que fijarte en ellas, esbozarlas. Eso es lo que nos enseñaron desde chicos: pinta lo que ves. Pues bien, se ha de ir más allá: se ha de pintar lo que no se ve también, sobre todo, lo que no se ve: el hueco que dejan las ramas, el cielo que permite ver la distancia entre las hojas. Se ha de aprender a ver lo que el objeto elegido libera, y a su vez, tapa".
Cierto. Se ha de aprender a vivir con lo que se tiene y con lo que se tuvo, con lo que se recuerda y con lo que se ha olvidado; la vida está hecha de tonos, de presencias y ausencias, de recuerdos y realidades inmediatas, de sueños y de logros. Pintar los días es saber ver lo que tienen y lo que justo por tenerlo, no tienen.
Las ausencias, el hueco de las presencias, también forman parte de la realidad, quizá son lo más real que hay.

viernes 17 de febrero de 2012

Cajas de latón

Es curioso, a veces, sorprendente cómo un estímulo cualquiera nos retrotrae a vivencias que creíamos olvidadas, que hacía años que no recordábamos o simplemente no habíamos vuelto sobre ellas jamás, pero ese pequeño motor; un sonido, un olor, una palabra, un rasgo nos devuelve atrás en el tiempo. Es emocionante verte ahí, extraviado de nuevo -o encontrado-, en ese instante del pasado perdido.
Una experiencia que nos saca recuerdos enterrados muy hondo, que al vivirlos de nuevo, nos escuece haberlos perdido, nos extraña incluso que solo los revivamos ahora. Cuando se pasea uno por donde estuvo, efectivamente, se inquieta por el olvido en el que lo tuvo.
La memoria, tan selectiva ella, es caprichosa, no se mueve al dictado de nuestra voluntad casi nunca; es más, cuando se la necesita suele ser esquiva, y a la hora de mostrarnos sus fotografías, las nuestras, es avara; las guarda en esa caja de latón bien dentro del armario detrás de la ropa blanca, en el rincón más oscuro, para que no se dañen. Por eso, cuando sin querer, damos con ellas por haber destapado esa caja y las vemos, es una alegría que nos completa, que nos devuelve esa etapa, ese momento, esas emociones. Y somos más nosotros porque sabemos más de lo que vivimos.

miércoles 15 de febrero de 2012

Inestable

La inestabilidad de lo estable.
Cuando más nos creemos a salvo, menos lo estamos. La necesidad de mantener esa ilusión es lo que la limita y acota. Es tan complicado no atarse a nada ni a nadie para que así, realmente se disfruten las cosas y la gente, que se cae en el error de creer que son nuestras.
No lo son.
Los reveses caen a plomo; cuántas veces se escucha la frase de que "no se lo esperaba", o la de "quién lo habría dicho", todas reprochando el golpe que vino a desbaratarlo todo; trabajo, casa, pareja, mejor amiga, confidente, hijos, vecino..., vivimos aferrados a nuestras propias conveniencias hacia los demás y el entorno: "Uy, quién habría dicho que el vecino de al lado era un asesino; si era tan amable y normal", claro, nadie quiere imaginar que bien cerquita vive el caos y la miseria. Así que miramos rápido y sesgado, nos atrincheramos en nuestras casas, salimos a la calle, quedamos con nuestra gente y procuramos que la "normalidad" dure lo suficiente para que no nos estalle en la cara.
Pero la Vida está viva y nosotros con ella y la Vida es inestable; es nuestro recurso pretender que no lo es. Un juego.

lunes 13 de febrero de 2012

Relato. 7 y última Parte. Tierras Umbrías

La hermana lo veía ahora, en la escuela desierta, aburrido, escondido tras el libro, soñando. Ella fue la única que decidió estudiar, irse a la capital. Se hizo maestra, se pagó los estudios trabajando en un almacén donde se guardaban los paquetes que irían en los ferrocarriles donde el padre la colocó y se hizo mayor. Vivió su vida. La vivió bien. Sin arrepentirse de nada. Pero vivió más que los que la quisieron y decidió regresar al pueblo.

La anciana, aún en el umbral, ve llegar a la niña que fue, la que ha ido a despedirse de sus recuerdos; ella con la artritis ya no puede. Caminar duele tanto que ha tenido que mandarla. “¿Qué tal todo, podemos irnos?” “Sí, ya no queda nadie”. “¿Adonde iremos ahora?” Pero la niña no supo contestar, se encogió de hombros y quedó callada mirando, por última vez desde ese ángulo, la calle, las piedras, las tiendas, el campanario que daba la hora desmenuzada en cuartos y al que se le habían llevado la campana, pues el bronce valía un pico y no era plan de dejarla ahí, y esperaron juntas.
Ahora, cuando lleguen los del ayuntamiento, podrán irse. No volverán la cabeza atrás, no regresarán, como otros, a ver la presa, a intuir el pueblo enterrado bajo el lago. No. El agua lo cubrirá todo, será otro mundo ya. Uno sumergido, con distinto tiempo, diferentes formas y vidas. Aún así, la niña, quizá por su propia curiosidad infantil, aventuró cómo sería pasear por la plaza Mayor distorsionada por el agua dulce; los pasos resonarían distintos, los colores puede que fuesen más luminoso ya que el sol se bañará entre las calles, los peces sustituirán a los gatos. Sería divertido. Miró a la anciana con una sonrisa soñadora pero no, no sería bueno quedarse. No se quedarán. El agua cubrirá el cementerio, pero ellas están vivas. El pueblo mismo se convertirá en un gran templo al Tiempo. Pero ellas aún tienen Tiempo.

domingo 12 de febrero de 2012

Relato. 6 Parte. Tierras Umbrías

La niña suspiró, dando la espalda al monte. Ya había visitado el colegio, aupándose para mirar a través de las ventanas sucias y rotas, esos pupitres destartalados, en desorden, que le conmovieron como no había logrado su propia casa. Ahí dentro vio los fantasmas de sus compañeras, a sí misma atendiendo a la maestra; fue de las pocas que entendía la importancia de estudiar: quería ser maestra a su vez.
El hermano, unas filas más atrás, soñaban con ser maquinista; siempre que podía salía corriendo de casa cuando el padre y Eusebio, el maquinista, se tomaban un café con leche caliente que la madre preparaba en un termo para esos diez minutos de parada. Manuel se acercaba y desde su altura los observaba, absorbía las palabras, miraba y tocaba todo con cuidado para que no le llamaran la atención. El maquinista, con suerte, le ponía su gorra, y si estaba de humor, le subía a ver los mandos; el niño se maravillaba de las palancas, botones, válvulas y artilugios que poco a poco le fueron explicando hasta que se familiarizó con ellos y los entendió. Los domingos, si había sido bueno, le dejaban tirar de la cuerda que activaba el silbato del tren: vivía solo para ese instante. Adoraba los trenes porque iban lejos pero sin perderse nunca; los raíles les guiaban seguros hacia cualquier parte del mundo. Su padre lo miraba orgulloso, aunque triste porque él tuvo que quedarse en la estación; de joven también soñó con recorrer kilómetros, pero de niño no se tiene en cuenta que se crecerá, que las responsabilidades en las que la vida te va metiendo tienen más peso que los sueños, y estas lo dejaron en tierra. “Mi Manuel sí atravesará el mundo de parte a parte, ¿a qué sí?” y le manchaba la nariz con hollín.

sábado 11 de febrero de 2012

Relato. 5 Parte. Tierras Umbrías

Junto con las recetas también adquirió costumbres de la madre; ella acumulaba grandes cantidades de aceite, harina, azúcar, arroz, trigo porque la escasez de antes la había hecho precavida, y Carmen, sin necesidad real, no pudo evitar llenar su despensa también, “Pero mamá, ¿por qué compras tanto aceite?, si tenemos en casa” “Cosas que me pegó la abuela, hija”, y compraba, sintiéndose segura por tener lo imprescindible en casa, como su madre.
La niña salió de la cocina, último lugar que visitó de la casa, ahora de nuevo demasiado grande, con ecos del vacío. Desde el patio se asomó a la estación del tren de raíles herrumbrosos; hacia lustros que ninguna rueda los había pulido. Miró el silbato, aún colgado de un clavo, que ya nadie haría sonar de nuevo. Vio el monte enfrente, el que ella y su hermano atravesaban para llegar antes al pueblo vecino en el que, justo cuando se veían las primeras casas, había un pasto donde campaban vacas y toros; era el mayor atajo: atravesarlo. Manuel para no ver el peligro, entornaba los ojos, y cruzaba corriendo sin parar. Cuando llegaba al otro lado, la esperaba jaleándola, instándola a ir más deprisa. Ella a veces, prefería andar más trecho a tener que pasar el susto que le suponía invadir ese prado con esas bestias, pacíficas en realidad, pero que imponían y sabía peligrosas. “No, no cruzo. Doy el rodeo, espérame si quieres, si no, ya nos vemos en el pueblo” Y sintiéndose un poco cobarde, pero segura, apuraba el paso aliviada por no exponerse a esos cuernos, esos ojos turbios, no escuchar a sus espaldas los resoplidos, las pezuñas removiendo tierra.

viernes 10 de febrero de 2012

Relato. 4 Parte. Tierras Umbrías

Carmen recordaba la cantidad de regalos que les llevaban a sus padres. En la despensa siempre había fruta, verdura y caza de cada estación. Iban a charlar con ellos y les dejaban setas, manzanas, patatas, lechugas y lo que nunca pudo soportar: lagartos. Esos bichos que a ella le repugnaban. Pedía por favor que no se pusieran en la nevera, o que le dijeran que no la abriese, porque no resistía la impresión de ver al bicho, por muy exquisita que fuese su carne, mirándola desde el plato con esos ojos fríos, esa piel escamosa y esa barriga blancuzca abultada. No podía con esa visión. Jamás quiso probarlos.
En cambio las setas le encantaban. En otoño la madre mandaba a los dos a buscarlas por los alrededores: adoraba el olor a tierra mojada, andar pisando las hojas pardas y crujientes, buscar por entre los helechos vivos esos seres raros, de formas caprichosas que estaban tan buenos a la plancha, o en arroz o simplemente asados. “Tened cuidado, ¿eh? Que no todas se pueden comer; no cojáis ninguna de la que no estéis seguros”. Y los niños miraban las peligrosas de lejos, bellas, rojas, con sus puntitos blancos y se llevaban en su cesta de mimbre las buenas, anticipando la cara de satisfacción del padre, un goloso, cuando las viera desparramadas sobre la gran mesa de madera basta de la cocina. “Ah, mis pequeños recolectores” y entre todos empezarían a limpiarlas y hasta harían conserva para comerlas cuando no hubiese en los montes. Carmen adoraba confitar; le daba igual que fuera dulce o salado: el olor de los pucheros; el humo y calor que desprendían; hervir los botes previamente acumulados en la alacena a la espera de que se les diera vida; el ponerse su delantal cosido por ella misma, el sentirse mayor manipulando alimentos era un sentimiento que la reconfortaba y que le acompañó siempre: Cuando cocinar ya no fue un juego, jamás dejó de buscar entre las cacerolas el alivio a la tristeza que surge esporádicamente de los días; las frustraciones las combatió siempre cocinando.