miércoles, 21 de febrero de 2018

Desigual

No hay día que sea igual y no es esa la sensación que tenemos normalmente, sino quizá todo lo contrario. Vemos el tapiz de las horas muy similar, buscamos emociones y estímulos que nos cambien el tono, del tipo que sean: el asunto es ver ese entramado menos gris, menos cotidiano.
Pero no lo es. Se mueve y transforma, somos nosotros quienes nos empeñamos en domesticarlo, necesitamos una rutina para ser más libres, lo que parece paradójico pero no lo es. La mente funciona mejor cuando está menos ocupada, la creatividad surge desde la línea base y se va ampliando en al frecuencia de su onda.
Los días los metemos a calzador porque así los dominamos mejor, solo que si no sabemos descalzarnos de vez en cuando, nosotros mismos perderemos la frescura de andar sobre la hierba. Esa que no veremos al pasar cerca cada día.

sábado, 17 de febrero de 2018

Arremeter

Eso de usar la mente nunca ha estado bien visto. 
Pensar equivale a tener distintas opiniones, defender otras teorías aparte de las vigentes, cuestionar lo establecido, escuchar sin convencer ni convencerse, si no es convincente lo oído. 
Tener la mente activa molesta al resto. Es un hecho. 
Incomoda por muchos motivos, quizá el más obvio sea porque estorba, rompe lo homogéneo, crea resistencia a la corriente suave sin esa voz que destaque, o denuncie, o informe, o muestre lo erróneo de lo normalizado, que no lo normal.
Es de lo primero de lo que se deshacen los que quieren dominar: de los que piensan, analizan y saben. Y ocurre a cualquier nivel, en cualquier época o circunstancia. 
Es odioso topar contra una voluntad distinta, humillante sentirse expuesto; irrita chocar contra ideas distintas, y sobre todo, amarga saberse lejos de ser uno mismo, con lo que se arremete con quien sí lo es.

martes, 13 de febrero de 2018

Lágrimas encerradas

Las tumbas de antes, y las de ahora, tienen mucho que decir sobre sus muertos y sobre los vivos: lo que guardan en su interior son piezas vivas de cómo se vive o se vivió.
Uno de esos objetos es la botella de lágrimas; los romanos la usaban para llenarla con su pena y depositarla, junto al muerto que la provocó, en señal de respeto y duelo. 
Las hay de muchos tipos: lujosas con adornos, como colgantes, regalos o coleccionables, pero todas están hechas para contener las lágrimas nacidas de la pena; recipientes mínimos donde cabe el dolor máximo: cada gota derramada por la tristeza que no se pierda, que se conserve en estas joyas de cristal donde no se olvida por qué se lloró. 
Luego, ese duelo guardado, servirá para alegrar a los que quedaron atrás, aliviando las penas, ungiendo con ese dolor lo que será conjurado al hacerlo. 
Las lágrimas lavan las penas para exorcizarlas.

sábado, 10 de febrero de 2018

Y ver

Cristales rotos, crujir de hierros, paisajes fuera de foco. Niebla oscura que impide respirar, luces negras que apagan y ciegan.
No hay nadie, ¿quién podría haber? No hay nada, ¿qué querría ser?
Tumbados, yacentes, restos de lo que vivió, humanos que fueron, sueños que alguna vez se soñaron, ahora desperdigados, inmóviles, imprecisos, completamente inertes, pedazos de lo que fue y ya no es.
Entre ellos, aún a pesar de ellos, a través de ellos, encima y debajo, algo se mueve, se moverá, irá y vendrá, la desolación solo lo es si existe el contraste de la luz, la vida, la esperanza, los ojos que ven y no que miran, rebelión sin causa, causas sin causa, casualidades y causalidades, azar espantoso en todo, la incapacidad para ajustar y reajustar parámetros, variables, sonidos, palabras que se escapan y vuelan solas.
Ante una maraña, un caos, una mezcolanza imposible de discriminar, un tinte, una pátina, un tono, un ambiente del color de las telarañas
negro transparente, gris tupido, realidades inflamables, horrores a flor de piel, desgarros sin tejido, hilos sin color.
Almas sin sus luces, sin compañía ni en filas, árboles que no lo son porque nunca lo fueron, rastrojos agostados en forma de copa, nada.
Inmersión en un paraje, el único que a veces se presenta, el que nadie quiere pisar, el repudiado, donde el mundo respira con asma, ese lugar, existe. Y visitarlo es obligado. Y posar la planta del pie sangrante necesario. Y abrir los ojos cerrados imprescindibley llorar. 
Y angustiarse. Y suplicar. Y desbocar. Y no ver un final ni un principio ni un medio. Y no ver. Y ver que no hay nada que ver.

lunes, 5 de febrero de 2018

Divulgar

Como ahora todos podemos mostrar todo a todos, nos enteramos más de cómo son los demás, mostrándonos más de lo que querríamos. 
Una foto, unas reflexiones, lo que se hace en ese momento, lo que se hizo, adónde se fue, dónde se está... Es una saturación de información, casi excesiva, que convierte a quien lo muestra en objeto de sí mismo.
Es curioso ver, por ejemplo, cuando alguien famoso muere, como surge un montonazo de fotos de él o ella junto con la persona que lo comparte, dando con esa imagen una lectura diferente a la pena que quiere comunicar, se lee más bien la de "yo lo conocí, fíjate, estamos ahí, mira qué importante soy". 
Nos gusta señalarnos como únicos, con una vida intensa, esparcir nuestros momentos triviales para que así vuelen y se conviertan en especiales. 
Es comprensible, porque a pocos les gusta la vida que viven, y a muchos les gustaría vivir otra. 
Este modo lo logra, puede que por eso nos agrade tanto compartir lo que, sin tanto vuelo, parece vulgar.

jueves, 1 de febrero de 2018

De golpe

Todo suele llegar de golpe.
Lo normal es vivir bajo una calma existencial, incluso demasiado tranquila, normalmente hecha de esperas, ilusiones, proyectos, más o menos hilvanados, más o menos realistas, donde los días nacen y mueren como suelen hacer: ajenos a cualquier intento, por nuestra parte, de acelerarlos o ralentizarlos, depende. 
Y en el momento menos oportuno, hale, todo de golpe: lo que querías, lo que no, lo que ya no esperabas, lo que recuerdas lejanamente que tenías prisa por saber hace tanto...,  en esas pocas horas se condensa lo que se ha estado aguardando meses o años.
Sin dramatizar, así va la vida, a golpes, a veces para bien, otras para no tanto.
Lo que es invariable es que siempre aparecen sin que se les espere, y a la vez. 

lunes, 29 de enero de 2018

Definirse

Más de una vez se dice, se escucha o se lee que, estando solo es cuando me siento más yo mismo.  
Bueno, creo que es justamente lo contrario: estando solo uno no sabe ni cómo es; simplemente, es. 
Lo aclaro.
En soledad no necesitamos reaccionar; usamos nuestro tiempo en lo que nos apetece, no hemos de dar cuentas a nada ni a nadie. Cierto que a mucha gente, cada vez a más, le angustia la soledad, ese tener que rellenar el tiempo con ellos mismos. Pero eso es otro tema.
En este quiero comentar que cuando no hemos de demostrar lo que somos, lo que haríamos, cómo situarnos con respecto a ciertas situaciones, comentarios, obstáculos..., cuando no tenemos a nadie cerca, no hemos de definirnos. 
No es que seamos nosotros mismos en soledad, es que no hay nada para demostrar quiénes somos. Es cuando debemos mostrar lo que pensamos, ya sea haciendo, diciendo, o en ocasiones hasta omitiendo, donde revelemos ese yo que tan bien creemos conocer estando a solas.
Ahí somos. Ahí damos la talla, o no.
Luego siempre se puede volver a la soledad para reflexionar y mejorar, eso siempre, pero sería otro tema.
Nos definimos entre otros. A solas siempre somos ideales.