Es entre fascinante, y algo tonto, observar cómo las moscas, o cualquier insecto volador, quieren salir de un recinto por una ventana cerrada, golpeándose continuamente a cada intento contra el cristal sin lograrlo, pero ellas siguen. Y siguen.
Da igual las veces que han procurado avanzar por ese lugar imposible, como mucho, dan unas vueltas por la zona, y otra vez se aplastan sin remedio contra ese muro invisible, incomprensible, que las aparta de lo que transparenta, de ese exterior liberador.
Y de ahí no se van. Pobres, pensaba de niña, no saben.
Ahora de adulta las sigo observando, pero mientras las miro golpeándose contra esa realidad invisible, sé que no son las únicas, que nosotros chocamos también, una y otra vez, contra paredes invisibles que nos ofrecerían algo más si las traspasamos.
O eso creemos, y seguimos insistiendo una y otra vez: todos dándonos contra esas barreras que no vemos, pero están, sin que nadie haya aprendido aún a abrir la ventana.
Da igual las veces que han procurado avanzar por ese lugar imposible, como mucho, dan unas vueltas por la zona, y otra vez se aplastan sin remedio contra ese muro invisible, incomprensible, que las aparta de lo que transparenta, de ese exterior liberador.
Y de ahí no se van. Pobres, pensaba de niña, no saben.
Ahora de adulta las sigo observando, pero mientras las miro golpeándose contra esa realidad invisible, sé que no son las únicas, que nosotros chocamos también, una y otra vez, contra paredes invisibles que nos ofrecerían algo más si las traspasamos.
O eso creemos, y seguimos insistiendo una y otra vez: todos dándonos contra esas barreras que no vemos, pero están, sin que nadie haya aprendido aún a abrir la ventana.
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